|
COMENTARIOS Y SUGERENCIAS
|
|
|
|
Alfonso Pozo Martínez
Existe una calle en nuestra ciudad que, partiendo de la calle del Colegio, nos lleva hasta la calle de Mairena. Es una calle estrecha que en su diseño traza una línea quebrada por diversos puntos. Es una calle típica de Caravaca, con distintas anchuras a lo largo de su trazado y jalonada de viejas casonas llenas de viejas historias enmudecidas por las gruesas paredes de sus construcciones. Se trata de la calle que vio nacer a D. Domingo Moreno y del que recibió su nombre. ¿Y quién era este D. Domingo Moreno?
Domingo Moreno nació en nuestra ciudad en 1810, hijo de un humilde zapatero que logró dar estudios de Derecho a su hijo en la Universidad de Valencia y que tan sólo con 19 años de edad logró destacar entre sus compañeros. Pronto ejerció cargos en la administración de justicia y llegó a ejercer la más alta magistratura de la justicia en el reino.
El 6 de marzo de 1857 fue nombrado Presidente de Sala de la Audiencia de Madrid. El 30 de octubre del mismo año fue nombrado Regente de la Audiencia de Madrid. El 4 de agosto de 1859 fue nombrado Ministro del Tribunal Supremo. El 21 de noviembre de 1864 fue nombrado por Narváez Consejero de Estado. En 1868 fue nombrado por SM la Reina Isabel II como Senador Vitalicio. Fue, además, Subsecretario de Gracia y Justicia, Consejero de Instrucción Pública, formó parte de la comisión encargada de la revisión de leyes penales para las provincias de Ultramar y en su vida política fue Diputado por Teruel entre 1845 y 1854, Diputado por Murcia en 1857, 1858 y 1867 y por último, y como se ha dicho, nombrado Senador Vitalicio por SM la Reina Isabel II en 1868.
De él decía la prensa de Madrid que era un político brillante por su oratoria y un eminente jurista.
Me contaron una anécdota de D. Domingo Moreno ocurrida en Caravaca hacia 1860. Vino a nuestra ciudad, probablemente en la época en la que fue Diputado por Murcia, y se alojó en Casa de los Díaz de Mendoza –actual casa de la familia Blanc en la calle de Rafael Tejeo- y entre otras cosas se interesó por las necesidades e inquietudes de los habitantes de nuestra ciudad para intentar hacer algo desde Madrid a favor de sus paisanos. Caravaca siempre ha tenido un sentido del humor algo macabro. Se ha hecho burla de los defectos ajenos, se ha ridiculizado a todo aquel que ha destacado sobre los demás, y con D. Domingo Moreno no se hizo excepción. Durante la noche fueron depositados a la puerta de la casa donde se alojaba unos cuantos zapatos viejos y un cartelito con la leyenda “zapatero, a tus zapatos”, recordándole su origen humilde y la profesión de su padre. Este hombre debió de decidir en ese momento y con la mejor de las lógicas la máxima aquella de: “que os den por alma”, marchando a Madrid, desde donde nunca más se supo que se interesara por los de aquí.
Es de justicia rendir un recuerdo a este insigne hijo de Caravaca, al que sus paisanos contemporáneos no supieron suficientemente valorar y que, quizá por las rivalidades políticas de la época, menospreciaron, ya que la calle que lleva su nombre fue nominada tras su muerte, ocurrida el 26 de mayo de 1889.
Ver la página de la Edición digital del número editado el 31 de mayo de 1889 de "La Vanguardia", en la que se da cuenta del fallecimiento de Don Domingo Moreno:
|
|
FRANCISCO MARTÍNEZ MIRETE
Francisco Martínez Albarracín
Nacido en Murcia el 30 de abril de 1923, Paco Mirete, como era llamado por sus amigos, o don Francisco, como le llamaban sus alumnos y otras muchas personas que le querían y respetaban, fue un poeta, un gran amante de la poesía, y en general de la literatura, las artes y las humanidades (el teatro y los toros eran dos de sus grandes pasiones), que cumplió su vocación por la enseñanza casi hasta el mismo día de su muerte, pues no le llegó a tiempo la jubilación, un 25 de febrero de 1988, en la ciudad que le vio nacer: Murcia.
Aproximadamente 30 años ejerció la docencia en Caravaca de la Cruz, en el colegio Cervantes la mayor parte de ese tiempo y en el Instituto “San Juan de la Cruz”, durante los últimos años, una vez ganada la plaza por oposición en 1977.
Me consta, como hijo suyo, su inmenso amor por su ciudad de adopción, su aprecio por sus gentes, sus tradiciones, sus fiestas, su paisaje. Se interesó por el habla peculiar de esta comarca del noroeste murciano, escribió para y fue pregonero de las fiestas de mayo, organizó teatro, juegos florales de poesía, colaboró en la biblioteca municipal, fue incluso concejal con don Amancio Marsilla, inició el llamado bachillerato radiofónico, con mi profesor don Ramón, por no hablar de su dedicación en el colegio, junto a tan excelentes profesores, para organizar desde anuales viajes culturales de estudio hasta grupos de la tuna, que recorrían las calles de Caravaca las frescas noches de otoño o primavera.
Persona cordial, con temperamento, muy amiga de sus amigos y que no sabía de acepciones de personas que atendieran a la clase o estamento social, supo enseñarnos ante todo la importancia de la honestidad, la honradez y la responsabilidad y el amor al trabajo bien hecho. Su manera de recitar la poesía ya indicaba la generosidad y finura de su corazón. Su aprecio al pensamiento, sin componendas, sus escogidos libros de filosofía (Platón, Schopenhauer, Ortega, Kant o Emerson), dicen de sus preferencias vitales y tuvieron no poco que ver con la vocación de quien escribe estas líneas.
No se trata aquí tampoco de glosar más méritos, sino de evocar a la persona, con reconocido agradecimiento, admiración y un no sé qué de entrañable que no se deja atrapar en un escrito.
|
|
VICENTE PLA GUERRERO
Miguel Ángel Pla Sánchez-Guerrero
En 1921, cuando el Athlétic de Bilbao vence al Real Madrid por cuatro goles a uno proclamándose campeón de España, y Albert Einstein es galardonado con el Nobel de Física, nace un 5 de abril, en la murcianísima Plaza de Santo Domingo, Vicente Pla Guerrero.
Hijo de Francisco Pla –un reconocido representante farmacéutico, de los de antes- y Rita Guerrero, cursa estudios de Magisterio en la Escuela Normal de Murcia, y Estudios Superiores en la Universidad de Murcia, obteniendo en el año 1944 el título de Licenciatura en Ciencias, consiguiendo el Premio Extraordinario por oposición.
Unos años anduvo por la Universidad, como adjunto de Don Antonio Soler dando clases de Química Orgánica. Pero las cosas de la época, que no daban para mucha investigación, le traen a Caravaca para sustituir a Don José Moya, que por aquel entonces tenía que cumplir con las “Milicias Universitarias”, alternando sus clases en la Universidad, con otras en el colegio de esta localidad, siendo asiduo pasajero del tren, tan añorado ahora después de tanto tiempo.
Lo que quiere decir que en 1945 Don Vicente ya andaba por estas tierras enseñando a niños. Y desde entonces da clases de Física, Química, Matemáticas, Inglés y Alemán, durante muchos años, desempeñando el cargo de Director del Colegio Femenino Cervantes de la Consolación.
Contrajo matrimonio en 1954 con Doña Dolores Sánchez-Ocaña Navarro, teniendo dos hijos, Rita y Miguel Ángel.
En 1969 gana por oposición plaza de Profesor de Química en la Universidad Laboral de Tarragona, a la que renuncia, ante el estupor de dicha universidad, por mantener su puesto en Caravaca.
En 1972, cuando cierran sus puertas los colegios Miguel de Cervantes y Cervantes de la Consolación, Don Vicente vuelve a Murcia, esta vez acompañado de su familia, donde sigue su labor docente en el Colegio Ruiz Mendoza. Labor que nunca abandonó hasta el último día de su vida.
Fallece en Murcia el 1 de octubre de 1999, pero reposa en Caravaca de la Cruz, ciudad de donde nunca partió.
Muchas generaciones le conocieron, y muchos son aquellos que recibieron sus enseñanzas. Gente conocida como Emilio Robles, a quien enseñó mucho, Emilio Pérez Piñero, afamado arquitecto, o Ramón Luís Valcárcel, Presidente de nuestra comunidad, o José Bódalo, o… tantos otros, como Pedro García Esteller o Antonio García Martínez-Reina, o José Antonio Melgares, o Gregorio Sánchez Romero, o Pedro Guerrero Cuadrado… No es difícil encontrar entre tantos alumnos a gentes conocidas. Pero son muchos anónimos los que fueron su orgullo como profesor.
............................................................................... .............................................................................. | |
|
|
|
|
D. Ignacio María Álava Sáenz de Navarrete, un ilustre marino de ascendencia caravaqueña.
J.A. Martínez-Cortés Martínez
D. Ignacio María de Álava Sáenz de Navarrete, hijo de de D. Gaspar de Álava y de Dª. Joaquina Sáenz de Navarrete, nació en la ciudad de Vitoria el día 24 de septiembre de 1750, siendo bautizado al día siguiente en la parroquia de San Pedro de la dicha ciudad.
Su tatarabuela por línea materna, Dª Juana Clara Muñoz de Otálora, era la mayorazga de una de las familias caravaqueñas con mayor capital económico y social; una familia principal, utilizando la terminología de la época, que disfrutaba de una supremacía prácticamente incontestable en la villa de la Caravaca y que además estaba muy bien relacionada en la Corte. Dª. Juana, propietaria de la iglesia de la Soledad, de la Ermita de la Reja y de la actual casa de la Cruz, casó en segundas nupcias con D. Juan Bautista Sáenz de Navarrete, oidor de la Real Chancillería de Valladolid y posteriormente fiscal del Consejo de Castilla (también sería consejero de Castilla durante un corto periodo de tiempo). De este matrimonio nació, en Madrid, D. Juan Bautista Sáenz de Navarrete, caballero de la orden de Alcántara, el cual, como segundón que era, al menos por la rama de los muñoces, se trasladó en busca de fortuna y gloria a la villa de El Ciego (Álava) llegando a ser posteriormente corregidor de la ciudad de Vitoria.
El 15 de mayo de 1690, D. Juan Bautista, regidor de Vitoria, contrajo matrimonio en la dicha ciudad con Casilda de Murúa y Uribe, desvinculándose para siempre, aunque durante el resto de su vida mantuvo unas excelentes relaciones con sus familiares caravaqueños, de la patria y nación de sus ancestros (A principios del siglo XVIII vendió su oficio de regidor de Caravaca y sus descendientes se desprendieron a lo largo del mismo siglo de todas las posesiones y bienes que tenían en la villa). De este matrimonio nacieron varios hijos, entre ellos otro D. Juan Bautista, natural de Caravaca, aunque bautizado el 19 de abril de 1691 en la parroquia de San Miguel Arcángel de la ciudad de Vitoria, que casó el 2 de enero de 1714 en la villa de El Ciego con Dª. Rosalia Navarrete y Ladrón de Guevara. Tuvieron por hija, entre otros muchos varones, a una señora que fue bautizada el 18 de octubre de 1716 con el nombre de Joaquina, madre del protagonista de nuestro artículo. Según Fernández de Navarrete, al que seguimos a partir de este momento, D. Ignacio ingresó en el cuerpo de guardiamarinas el 23 de junio de 1766, donde permaneció hasta principios de 1668 en que, completados sus estudios, se embarcó a bordo del navío Terrible. Posteriormente embarcaría en los navíos San Pedro Alcántara y El Peruano, surcando durante esta etapa de su vida prácticamente todos los mares del orbe y llegando a viajar a las islas Filipinas en calidad de subalterno, granjeándose el aprecio de sus compañeros, una buena fama de marinero y una mejor opinión de sus superiores. Llegado el año 1778, es ascendido a Teniente de navío, por lo que se le confía el mando del jaquebeque San Luis. A bordo del San Luis, D. Ignacio empleó toda su energía en hacer el corso contra los piratas moros que campaban a sus anchas por el mar mediterráneo. Al año siguiente, declarada la guerra entre España e Inglaterra, D. Ignacio es destinado a la escuadra de D. Luis de Córdoba, participando en la campaña del Canal de la Mancha, en el auxilio de las baterías flotantes de Gibraltar al mando de la fragata Bárbara y en la batalla naval de 20 de octubre de 1782. Tras ejercer el mando en diferentes navíos, D. Ignacio fue nombrado mayor general de la escuadra de evoluciones que dirigió D. Juan Lángara en 1787. Al año siguiente sería designado como mayor general del departamento de Cartagena. Ya en 1791, participó en la defensa de Orán al mando del San Francisco. Sus numerosas y meritorias acciones durante la Guerra de los Pirineos (ocupación de Tolón, entre otras muchas) le llevarían a ganarse el favor real, siendo ascendido en 1794 a general. Al año siguiente, el rey le confió el mando de una escuadra (tres navíos y dos fragatas) que debía dar la vuelta al mundo, haciendo la vela en Cádiz, según Fernández Navarrete, el 29 de noviembre del mencionado año. No regresaría de esta expedición, en que rectificó muchas cartas marinas de los denominados Mares del Sur y obtuvo sonadas victorias, hasta el año 1803.
Entretanto, había sido ascendido a teniente general. De regreso en España, estalla de nuevo la guerra con Inglaterra y D. Ignacio es destinado como segundo jefe de la escuadra de D. Federico Gravina, hallándose en la tristemente célebre batalla de Trafalgar al mando del Santa Ana, navío de 120 cañones. Durante el combate fue herido de gravedad, aunque el Santa Ana, muy castigado por la artillería inglesa, consiguió regresar a Cádiz. Al parecer, Collingwood, almirante británico, reclamó cierto rescate por el navío Santa Ana, a lo que nuestro ilustre marino, con mucho ceremonia, le respondió que cuando el oficial al mando, D. Francisco Riquelme, rindió el barco, él se encontraba sin conocimiento y sin juicio debido a las graves heridas que había recibido en el fragor del combate y que, en consecuencia, de ningún modo había rendido el barco ni había entregado su sable y espada, símbolo de su poder. Como muestra de su buen hacer en la dicha batalla, el rey le nombró caballero Gran Cruz de la Real Orden española de Carlos III por Real Decreto de 12 de noviembre de 1805. En 1807 fue nombrado ministro decano del almirantazgo y tras la sublevación popular de 1808 se retiró a Cádiz con la Junta Central. En 1810 sería nombrado comandante general del apostadero de La Habana, con el título de capitán general del departamento, cargo que ostentaría hasta que dos años después, en 1812, fue designado como capitán general del departamento de Cádiz. En 1817 se le nombró Capitán General de la armada y el 24 de febrero del mismo año, cuando ya se encontraba muy enfermo, recibió el gran honor de ser designado como decano del Consejo. Finalmente, D. Ignacio María de Álava Sáenz de Navarrete, ilustre marino con ascendencia caravaqueña, murió en Chiclana el 16 de mayo de 1817. Sus títulos honoríficos son tan numerosos que ocuparíamos gran parte de este artículo con solo enumerarlos, bastará decir que, además de caballero de la orden de Carlos III, lo fue de Santiago, de San Fernando y San Hermenegildo. Sus restos descansan, desde 1870, en el Panteón de Marinos Ilustres de Cádiz.
ÁRBOL GENEALÓGICO POR LÍNEA MATERNA
FUENTES:
Archivo Histórico Provincial de Murcia. Protocolos notariales.
--------------------------------------------------------------------
Archivo Histórico Nacional, ESTADO-CARLOS_III,EXP.1296. Álava y Sáenz de Navarrete Aranguren y Navarrete, Ignacio de
http://pares.mcu.es/ParesBusquedas/servlets/Control_servlet?accion=4&txt_accion_origen=2&txt_id_desc_ud=1538981
----------------------------------------------------------------
Archivo Histórico Nacional,OM-CABALLEROS_SANTIAGO,EXP.207. Álava y Navarrete, Ignacio María
http://pares.mcu.es/ParesBusquedas/servlets/ImageServlet?accion=41&txt_id_imagen=1&txt_rotar=0&txt_contraste=0&txt_zoom=10&appOrigen=&cabecera=N
------------------------------------------------------------------------
Colección de opúsculos del Excmo. Sr. D Martín Fernández de Navarrete. Tomo I, Madrid, 1848.
----------------------------------------------------------
Todo a Babor (Revista divulgativa de historia naval en internet)
|
|
|
|
| |
|
|
|