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COMENTARIOS Y SUGERENCIAS EN NUESTRO FORO
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SOMERA APROXIMACIÓN A LA II REPÚBLICA ESPAÑOLA
Gregorio L. Piñero Sáez
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EL DESASTROSO SIGLO XIX EN ESPAÑA
LOS COMIENZOS DEL SIGLO XX: HACIA EL ABISMO
UNA HUÍDA HACIA ADELANTE: LA DICTADURA
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I. A N T E C E D E N T E S:
EL DESASTROSO SIGLO XIX EN ESPAÑA
I. Liberales, absolutistas, isabelinos y carlistas: casi 70 años de guerra civil.
Pese a que los inicios del siglo XIX no pudieron ser peores con la derrota de la Armada en Trafalgar el 21 de octubre de 1805, pocos años después se dieron en España dos circunstancias históricas que podían haberla mantenido en su elevado rango de potencia mundial: el fortalecimiento del sentimiento patriótico que supuso la Guerra de la Independencia -y la consiguiente victoria- contra el Ejército Imperial napoleónico y la aprobación, por las Cortes de Cádiz, de la Constitución de 1812. Sin embargo, contrariamente a esa suposición, al final de ese siglo y entrada del siglo XX, era una nación arruinada política, social y económicamente, y perdidos todos los territorios y virreinatos de ultramar y, en consecuencia, lo que quedaba de su poderío económico (salvo las posesiones de África).
Y es que, de un lado, la Guerra contra Francia supuso la constitución (al igual que en la metrópoli) de las Juntas de Defensa en las colonias que, compuestas en su mayoría por criollos descontentos y con un sentimiento independentista recibido desde América del Norte, no se sometían a la Junta Central Suprema y alentaron los movimientos secesionistas, destacando los liderazgos de Bolívar y San Martín.
De otro lado, la abolición de la Constitución y el restablecimiento del absolutismo por Fernando VII a su regreso a España de su confinamiento por Napoleón en el Castillo de Valençay, prendió la mecha de los enfrentamientos entre los partidarios del absolutismo y del liberalismo. Siguieron años de pronunciamientos y asonadas militares en pro y en contra de cada uno de tales ideales (según qué partidarios habían vencido en el golpe militar previo inmediato), al tiempo que como tercera vía iba formándose un estado de opinión defensor de la República como forma de Estado. Los largos encarcelamientos, exilios forzosos y forzados, cuando no fusilamientos por defender las ideas y opiniones propias, se hicieron tan habituales en España, que no hay familia que no tenga un antecedente. Expresándonos en términos actuales, podríamos afirmar que, en algunos momentos, los condenados por delitos políticos suponían un número semejante a los comunes. Se cuentan casi 200 pronunciamientos desde el motín de Aranjuez (por el que Fernando VII se pronunció contra su padre Carlos IV) en marzo de 1808, aunque, el primero, propiamente dicho, fue el provocado por el general Elío, quien puso a su disposición sus tropas para que el Rey impusiera el absolutismo que le solicitaron en Valencia 69 diputados, en el conocido como Manifiesto de los Persas, lo que efectuó por Decreto de 4 de mayo de 1814. Los absolutistas reprimieron duramente a los movimientos independentistas de ultramar, cercenando así cualquier posibilidad de entendimiento para otorgar la autonomía. Y, aunque se restauró durante tres años la Constitución (trienio liberal de 1820-1823) tras el pronunciamiento de Riego (fue cuando el Rey pronunció la célebre frase de “marchemos todos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional…”), se regresó, con la llegada de los Cien Mil hijos de San Luis, a la situación previa a Riego y que supuso la denominada década ominosa (salvo a que no volvió a restablecerse la Inquisición, abolida durante el trienio liberal).
Pero este regreso al antiguo régimen no resultó muy ventajoso ni para la Corona ni para España, especialmente cuando llegó el momento de la sucesión al Trono. Por cuanto estaba vigente la Ley Sálica de Felipe V (según la cual no podían reinar las mujeres mientras hubiesen hijos, hermanos o sobrinos varones que llamar a la Corona) y la reina estaba embarazada, para asegurar el reinado de su vástago, fuese cual fuese su sexo, promulgó la Pragmática Sanción que derogaba a la Ley Sálica y que estaba pendiente de su publicación desde ser dictada por su padre, Carlos IV, en 1789. Esto desagradó en suma a los absolutistas y consiguieron una derogación de la Pragmática de efímera duración, pues el caso es que quedó en vigor y, además, la reina María Cristina tuvo dos niñas: primero a Isabel y en segundo lugar a Luisa Fernanda. El Rey, pues, falleció teniendo como heredera sucesoria a una mujer y el problema estaba dado. El hermano de Fernando VII, Carlos María Isidro, apoyado por lo absolutistas reivindicó el trono. María Cristina, como Regente (Isabel II apenas tenía 3 años), se acercó a los liberales y se empezó la primera Guerra Carlista. Así que entre insurrecciones de las colonias, pronunciamientos entre generales liberales y absolutistas y, por último, los enfrentamientos armados entre los partidarios del infante Carlos (el segmento social más conservador) y los de Isabel II, el siglo se desenvolvía en una constante convulsión.
Y eso que las Guerras Carlistas (al menos a partir de la Segunda) pudieron evitarse de haberse aceptado la proposición de matrimonio entre la Reina Isabel y su primo Carlos Luis, hijo del pretendiente Carlos Isidro (en quien éste abdicó en 1845). Sin embargo el matrimonio se realizó con otro primo: Francisco de Asís, del que nadie dudaba de su condición de bisexual, si no de homosexual exclusivamente, dando lugar esta inclinación a que la Reina apaciguara sus naturales deseos con una considerable ristra de amantes, y el consiguiente desprestigio social de su persona y de la Corona.
María Cristina fue forzada a exiliarse y dejar la Regencia a favor del general Espartero, quien la ejerció hasta la mayoría de edad de Isabel II. Llegada a ella, la Reina llamó a su madre de nuevo a España. La participación de su segundo marido (el sargento Muñoz Sánchez) en negocios del ferrocarril en Asturias y Valencia (lo que levantó algo más que sospechas de haberse prevalido Muñoz de la ascendencia social de su consorte, la Reina madre) la abocaron a un segundo exilio que perduró formalmente hasta su muerte, si bien, con la restauración en el trono de su nieto Alfonso XII, se le permitió regresar a España en ocasiones, sin que pudiera fijar en Ella su residencia permanente.
Con Isabel II nada mejoró. Los gobiernos moderados de Narváez no pudieron evitar las sucesivas derrotas en Centro y Sudamérica. La pobreza se agudizó y extendió entre la mayoría de la población. La crisis económica de Europa de 1846 azotó a la débil economía española, especialmente en Cataluña, y en ésta rebrotó la rivalidad dinástica con la Segunda Guerra Carlista, que empeoró aún la situación, pues el sistema de reclutamiento privaba a las familias más necesitadas de sus mejores trabajadores. Además, los casos de corrupción y abuso en el sistema tributario, llevaron a un descontento generalizado de todos con independencia de su posición política. Y, aunque mejoró la economía durante el bienio progresista (1854-1856), modernizándose y vertebrando la península con la apetura de carreteras y mejorando los servicios telegráfico y postal, los nuevos gobiernos moderados desembocaron en la crisis de 1866. Uniéndose entonces los liberales más extremistas y republicanos, promovieron constantes campañas de desórdenes desestabilizadores. Así las cosas, los generales y almirantes Prim, Serrano, Dulce, Rafael Primo de Rivera, Caballero de Rodas y Topete, se levantaron en 1868 en Cádiz, provocando la llamada Revolución Gloriosa y la derrota de las fuerzas del general Pavía. No obstante no había unanimidad de objetivos y, si bien los militares deseaban sólo derogar la Constitución y cambiar al monarca, cierto sector burgués forzaba una verdadera revolución que implantara una república (varios generales proclamaron la República en Figueras, actitud que fue apaciguada por el general Prim) a lo que hay que añadir el republicanismo de cierta parte del campesinado, que ya se había manifestado virulentamente como en la revolución encabezada por el albéitar Rafael Pérez del Álamo en Loja en 1861.
Se iniciaba así el Sexenio Revolucionario (1868-1874), bajo la Regencia de Serrano, que se lanzó a la búsqueda (que resultó una misión casi imposible) de un rey. Se redactó y promulgó la Constitución de 1869, de corte liberal, en la que se declara que la soberanía nacional reside en el pueblo español. Como consecuencia de todo ello las Cortes eligieron como rey a Amadeo I (de la Casa italiana de Saboya, y hasta entonces Duque de Aosta), quien tuvo mal llegada, porque casi simultáneamente a su desembarco en Cartagena el 30 de diciembre de 1870, expiraba -víctima de la infección producida por las heridas de arma de fuego recibidas en un atentado que sufrió tres días antes- el general Prim, que era el primer ministro y su mayor valedor, de modo que lo primero que tuvo que hacer al llegar a Madrid fue el ir a honrar a su cadáver. Su reinado no llegó a los dos años y medio, con un intento de asesinato de por medio y dos guerras vivas: la insurrección de Cuba o de los diez años y la tercera Carlista. Harto de la sinrazón con la que se comportaban gobierno, oposición, políticos en general, militares, etc., renunció al Trono el 11 de febrero de 1873. Inmediatamente nació la I República.

Ilustración de la época que recrea el asesinato al atentado al General Prim.
II. La I República española: un régimen protoconstitucional sin Constitución
Tras la renuncia al Trono de Amadeo de Saboya, aquel 11 de febrero de 1873 se reunieron conjuntamente el Congreso de los Diputados y el Senado, en sesión permanente, y por 256 votos a favor y 32 en contra (eso sí, violando flagrantemente el artículo 47 de la Constitución que los legitimaba, y que decía que “los cuerpos colegisladores no pueden deliberar juntos”), ambas cámaras se constituyeron en Asamblea Nacional y proclamaron la I República. Designaron como presidente del “poder ejecutivo” al federalista Figueras (en puridad jurídica, en el tiempo que duró la I República no tuvo un Presidente propiamente dicho, pues no se eligió a nadie para tal cargo) y no tuvo buenos inicios, porque el 23 de febrero (sólo doce días después) el Presidente de la Asamblea, el granadino Cristino Martos, intentó un golpe de Estado de inclinación unitarista. A la vista de las circunstancias, Figueras remodeló el Gobierno nombrando sólo a federalistas. Pero no acabaron ahí los sobresaltos. El 9 de marzo se llegó a proclamar el Estat Catalá (dentro, eso sí, de la República Federal), para desvanecerse a continuación la intentona. Figueras (con Pi y Margall como Ministro de la Gobernación y hombre fuerte) disolvió la Asamblea y convocó elecciones a celebrar entre los días 10 a 13 de mayo, en el que bajo el principio del sufragio universal de la época, serían electores todos los españoles varones mayores de veintiún años (se rebajó la edad, para tal caso). Y, en pleno período electoral, hubo dos intentos de golpe, eso sí, ambos fracasados, ¡el mismo día!: el 23 de abril. Uno a cargo de los monárquicos proalfonsinos de Cánovas en unión con los progresistas de Sagasta. El otro, del tenaz Presidente de la Asamblea, Cristino Martos. Ante estas perspectivas, al día siguiente, Figueras disolvió también a la Comisión Permanente.
Con la participación más baja en unas elecciones de la historia de España (un 39%), los republicanos federalistas obtuvieron 343 escaños, por 35 de las demás fuerzas (1 unitario, 20 radicales, 7 constitucionales de Sagasta y 7 alfonsinos). Todo parecía encaminarse debidamente y las sesiones de las Cortes constituyentes comenzaron el 1 de junio de 1873. El día 8 se proclamó formalmente la República Federal. Pero no podía ser todo tan fácil. La realidad es que en la mayoría federalista existían –al menos- tres tendencias de difícil conciliación: los benévolos (con Castelar y Salmerón a la cabeza, partidarios de un gobierno fuerte que implantase la República), los de tendencia confederal (Barcia y el general Contreras, totalmente intransigentes a cualquier otra opción) y una tercera intermedia (Pi y Margall y Orense) que intentaba la conciliación entre las otras dos. Así que dos días después, el 10 de junio, Figueras, Presidente del ejecutivo, tras un Consejo de Ministros bastante “movidito” y –según él- estéril, en el que no le fue aceptada la renuncia que presentó, simplemente dejó la carta con su dimisión expresa y firmada en la mesa de su despacho y se fue a París en tren.
La ocasión de vacío de poder estuvieron a punto de aprovecharla los generales Contreras y Pierrad, pero se abortó el golpe y (eso sí, bajo las miras de los fusiles de los guardias civiles que daban custodia al Palacio de las Cortes, cuyo coronel al mando advirtió a los pa rlamentarios que de allí no saldría nadie hasta que no se designara Presidente) al día siguiente fue elegido Francisco Pi y Margall. No tuvo mucho tiempo para gestionar el gobierno. En Alcoy se había producido una verdadera revolución (del petróleo se llamó) con gravísimos disturbios y asesinatos. Como un verdadero reguero de pólvora, desde el 30 de junio, comenzaron a proclamarse Repúblicas locales. Empezó amagando Sevilla y le siguieron otras muchas. El cantonalismo se hizo realidad, multiplicando los desórdenes, con linchamientos de alcaldes, huelgas generales…
Se atribuye al cantón de Jumilla (aunque parece ser totalmente falso, pues ni siquiera se puede afirmar que se proclamara tal cantón) el siguiente manifiesto:
La nación jumillana desea vivir en paz con todas las naciones vecinas y, sobre todo, con la nación murciana, su vecina; pero si la nación murciana, su vecina, se atreve a desconocer su autonomía y a traspasar sus fronteras, Jumilla se defenderá, como los héroes del Dos de Mayo, y triunfará en la demanda, resuelta completamente a llegar, en sus justísimos desquites, hasta Murcia, y a no dejar en Murcia piedra sobre piedra.
Pese a la más que posible falta de autenticidad del texto, nos da una idea de cómo estarían los ánimos en la sublevación cantonalista. Jaén estuvo a punto de declarar la guerra a Granada y de la sublevación de la que no caben dudas es de la de Cartagena (la primera en producirse, strictu sensu, el 12 de julio) encabezada por Antonio Gálvez, Antonete, natural de la pedanía murciana de Torreagüera y Diputado a Cortes, y que mandó saquear con fragatas de la Armada española a las ciudades “extranjeras” de Almería y Alicante, de tal modo, que al final fueron apresadas por piratería por un navío británico y otro alemán. Igualmente ocupó Torrevieja (que incorporó al cantón cartagenero) y a Orihuela. Ante éstos y muchos otros dislates, como el primer cantonalista era, precisamente, Pi y Margall, éste hubo de presentar la dimisión el 18 de julio, tras ser derrotado en el parlamento por 119 votos contra 93.
Le sustituyó Nicolás Salmerón. Consiguió apaciguar las sublevaciones (salvo la del cantón de Cartagena que subsistió hasta el 12 de enero de 1874), ordenando su represión a los generales Pavía y Martínez Campos. Mas, cuando a principios de septiembre le llegaron a la Presidencia los expedientes para la ejecución de las penas de muerte dictadas contra desertores que se habían pasado al bando carlista, a fin de que prestara con su firma el “enterado y conforme” -en coherencia con sus convicciones- presentó la dimisión. Era el 5 de septiembre. Presidió el Consejo cuarenta y nueve días.
Y, el 7 de septiembre, llegó Castelar. El que está considerado como el más brillante de los oradores parlamentarios españoles, no tuvo mejor suerte. Inicialmente impuso la autoridad del Estado en uso de los poderes que le concedieron las Cortes el 19 de septiembre, facultándole a adoptar las medidas extraordinarias que estimase necesarias. Así suspendió por decreto derechos individuales y garantías constitucionales e impuso la censura de prensa. Como bien era consciente de que, tal y como afirmó Galdós, la naciente República no tenía momento seguro, y todo su tiempo dedicábalo a quitar las chinitas que ponía en su camino la displicente Asamblea Nacional, formada con todo el detritus de las pasiones monárquicas, suspendió el período de sesiones y cerró las Cortes el 20 de septiembre. Gobernó, pues, sin parlamento hasta que, desbordado por los acontecimientos (caos generalizado, recrudecimiento de la guerra Carlista, una Hacienda Pública en bancarrota, con un déficit crónico y una Deuda pública insoportable), reabrió y convocó a sesión a las Cortes para el dos de enero de 1874. Trataba de que se le concedieran más poderes para conseguir salvar la situación y lavar el desprestigio en que se encontraba la República. Pero el remedio fue peor que la enfermedad. Los federalistas se lanzaron contra él no sólo dialécticamente. Querían que abandonara la presidencia o se la “abandonarían” ellos a mamporros. En defensa de Castelar el general Pavía sacó los regimientos a la calle y los envió al Palacio de las Cortes, mientras éstas, por 119 votos a favor y 101 en contra, reprobaban a Castelar y a su gobierno, por lo que aquél dimitió.
Presidía las Cortes Salmerón y las convocó a votación para la elección de un nuevo Presidente del poder ejecutivo. Se desarrollaba la misma cuando un oficial enviado por Pavía le conminó a disolver las Cortes y que desalojaran los señores parlamentarios el edificio en cinco minutos. Salmerón informó al Pleno y los diputados, en desbandada y bochornosa actitud, abandonaron el Palacio a la carrera y hasta saltando por las ventanas.
Propuso Pavía a Castelar que continuara el frente del Ejecutivo, lo que no aceptó por el modo antidemocrático que supondría su designación, y, entonces, Pavía llamó al general Serrano (que estaba en el exilio por su participación en uno de los intentos de golpe del 23 de abril), constituyendo un gobierno de concentración nacional con exclusión de los republicanos federalistas. Definió a la República como unitaria y gobernó sin parlamento alguno, encarnando una dictadura personal. Con el pretexto de encargarse personalmente de las operaciones militares del norte en la Guerra Carlista renunció a la Presidencia, sucediéndole el 13 de mayo, Juan de Zavala (gobernó, por tanto, unos cuatro meses). Zavala estuvo hasta el 3 de septiembre, siendo sustituido, a su vez, por Sagasta (que había sido, asimismo, insurgente el 23 de abril).
El 29 de diciembre de 1874, se alzó el general Martínez Campos en Sagunto y, sin oposición alguna por el gobierno dictatorial republicano que ya navegaba sin rumbo ni timón, restauró la monarquía en la persona de Alfonso XII, hijo de Isabel II y –probablemente- del general Serrano (aunque hay autores, como Ricardo de la Cierva, que consideran que el padre era el capitán Enrique Puig). La I República había terminado. Poco cabe en su "haber"porque, si hay algo verdaderamente que destacar –en cuestiones de derechos fundamentales- es que estableció la mayoría de edad del varón a los veintiún años y que abolió la esclavitud (lo que también se suma al "debe") “sólo” en Puerto Rico. Su cortísima existencia albergó el hecho de que pese a ser esencial y axiomático para su conceptuación la vigencia de una Constitución propia, no se llegó a aprobar ninguna y que durante un año y tres meses (dos tercios de su duración) acogió a una dictadura (eso sí, no perdurable en lo unipersonal). Es quizá el mayor exponente de las paradojas del siglo XIX español.

III. La restauración borbónica, otra María Cristina de Regente y la hecatombe de 1898 (I)
Desde octubre de 1872, Cánovas del Castillo lideraba un grupo ideológico (germen del Partido Liberal-Conservador) que tenía como objetivo la restauración de la Monarquía -definida como Constitucional y democrática- en la persona de Alfonso de Borbón (por eso eran conocidos como alfonsinos), que fuese capaz de albergar la competencia legal y pacífica de los partidos en la lucha por el gobierno. A través de una prensa afín y de centros de tertulias y casinos fundados o utilizados para difundir sus pretensiones, ante el desprestigio y grotesco estado de las cosas de la I República, fue capaz de crear un estado de opinión que fue consolidándose en España, con el mensaje de esperanza de procurar dulcificar asperezas, haciendo desaparecer todo temor de venganzas y reacciones.
Su propósito –él mismo escribió- era que nadie deje de ser alfonsino por antecedentes ni escrúpulo político; y para eso hacen falta dos centros, cuando menos, en cada pueblo; uno más conservador, donde quepan hasta los que la impaciencia ha hecho carlistas (…) y otro, más liberal, donde puedan acogerse los desengañados de la revolución. Progresivamente, se van creando los llamados Círculos Moderados y Liberales Alfonsinos, reclutando a gran parte de la población sensibilizada. Hay –pedía a sus conmilitones- que recibir y encuadrar a todos, respetando todos los matices y no imponiendo otra disciplina que la común adhesión a Don Alfonso. La inmersión social del posibilismo fue propiamente urbana y de las clases acomodadas e –incluso- más elitistas, frente a las tendencias más federalistas de las grandes masas proletarias, pero los resultados de la amarga experiencia republicana dejó sin capacidad de resistencia a la mayoría y, cuando Martínez Campos se pronunció en Sagunto, la opinión pública estaba más por una solución distinta –fuere la que fuere- que la de seguir en las mismas circunstancias. Así que, como hemos dicho, no hubo significativa resistencia.
Esa defensa del bipartidismo se vio reflejada en un sistema alternante en el gobierno entre el partido que encabezaba Cánovas y el liderado por Sagasta (Liberal Fusionista). El jurista Alonso Martínez (canovista) fue el padre de la Constitución de 1876, aprobada el 30 de junio por unas Cortes constituyentes resultantes de las elecciones celebradas el 20 de enero de ese año, siendo electores los varones mayores de 21 años, y en el que los conservadores de Cánovas obtuvieron una abrumadora mayoría frente a los liberales de Sagasta (claro que no pudieron participar, además de los carlistas por razones obvias, ni los partidos republicanos ni el demócrata). La Monarquía parlamentaria que estructuraba tenía dos cámaras: el Congreso de los Diputados (elegidos por “nombramiento” –que no proclamación- de las Juntas electorales) y el Senado (constituido por miembros de designación real o por elección de las corporaciones del Estado y mayores contribuyentes de entre personas de las altas clases sociales). La Constitución hacía que la soberanía nacional fuera compartida por el Rey y por las Cortes; y –como no definía el modo de elección de los miembros del Congreso- la Ley electoral de 1878 estableció el sufragio censitario (para ser elector era necesario tener determinadas rentas o propiedades). Además, el sistema funcionaba a la inversa que el sentido común democrático exige: cuando el primer ministro se sentía desgastado o así lo consideraba el monarca, éste lo destituía y nombraba a su adversario, quien convocaba elecciones bajo su tutela que, debidamente manipuladas (encasillismo), le daban la victoria. Sobre las de 1884 -que ganó Cánovas- el diputado Celleruelo afirmó que se ha falsificado la Junta del Censo; ésta ha falsificado los interventores; el alcalde falsificó las presidencias de las mesas, y las mesas, después de estas tres gravísimas falsificaciones, falsificaron el resultado de la elección.
No obstante lo que ello ahora tanto nos hiere a nuestra sensibilidad democrática, el sistema alcanzó algo impensable hasta entonces: que no fuera necesaria la violencia para cambiar de tendencia política en el gobierno, como era ya arraigada costumbre en el siglo, y se mantuvo en funcionamiento desde 1881, en el que se formó el primer gobierno Sagasta, hasta 1916.
En los primeros años, Cánovas alcanzó la paz con los carlistas (1876) y en Cuba (Paz de Zanjón de 1878) y todo parecía ir encaminándose hacia un mejor futuro, cuando el 25 de noviembre de 1885 falleció Alfonso XII. La tisis (tuberculosis) se lo llevó de este Mundo tres días antes de cumplir los 28 años. Su segunda esposa, María Cristina de Habsburgo-Lorena, asumió la Regencia. La sucesión correspondía a la Princesa de Asturias, María de las Mercedes, mas –como la Reina estaba embarazada- se aguardó al parto por si naciera un varón, como así fue. Por tanto, Alfonso XIII (los alfonsinos, aunque también conocidos como dinásticos, no podían quedar sin nombre de referencia) fue Rey desde su nacimiento y su madre la Regente hasta que fue declarado mayor de edad a los 16 años.
La Constitución era notoriamente centralista, lo que fue fomentando la aversión al régimen de los incipientes movimientos nacionalistas catalanes y vascos. Pero, sobre todo, obstaculizaba la autonomía de los pocos territorios ultramarinos que quedaban bajo bandera española. La exclusión política de los burgueses republicanos (que empezaban a organizarse en torno al Partido Republicano de España) y la ignorancia de la importancia de los movimientos de las clases obreras que –a su vez- se aglutinaban en torno al PSOE (fundado en 1879) y a los anarquistas de la Federación de Trabajadores de la Región Española (creada en 1881 y germen de la CNT), iban contaminando progresiva y negativamente al régimen. Hubo momentos de gran hambruna y miseria, mucho más graves que la habitual pobreza de los jornaleros y trabajadores asalariados, verdadramente explotados por los terratenientes latifundistas y los (escasos) empresarios industriales, básicamente catalanes (en su mayoría textiles) y vascos (siderometalúrgicos). Y los abusos eran tales que, con ocasión de las obras de la Exposición Universal de Barcelona de 1888, se constituyó la UGT como organización clandestina de defensa casi desesperada de los derechos más elementales de los trabajadores. En el desenvolvimiento de sus actividades las organizaciones proletarias fueron creando ateneos y escuelas populares que instruían, en la medida de sus posibilidades, a la masa analfabeta que constituía el pueblo español y los republicanos crearon la Institución Libre de Enseñanza. Los anarquistas optaron, además, por la reacción violenta.
Aún así, el régimen parecía estable, pero no lo era tanto. Cuba, Filipinas y Puerto Rico, ansiaban, como mínimo, la autonomía y, por supuesto, la abolición definitiva de la esclavitud (asunto que no hay que olvidar dio lugar a la guerra civil norteamericana), pero nada de ello se admitía, ni siquiera, como tema a negociar. España (quiero decir, sus dirigentes) no era consciente de que ya no era potencia mundial y, lo que era peor: alejada del ritmo de la industrialización de países como Gran Bretaña, Alemania e, incluso, Francia, se desenvolvía en un sistema productivo basado en la agricultura tradicional que era –a todas luces- incapaz de crear la riqueza que se necesitaba, no ya para mejorar, sino para subsistir. Las desamortizaciones realizadas a lo largo del siglo no habían producido (ni hubieran podido hacerlo) los efectos a que aspiraban; y, además, se llevó a cabo una política de desforestación para roturar campos de secano para cultivar cereales con el fin de aumentar las cosechas. La consecuencia (que aún sufrimos y con mayor gravedad) fue que la necesaria lluvia para el cultivo de los cereales, al desforestar y talar los bosques, se fue haciendo cada vez más esasa, agravando y aumentando los períodos de sequía y haciendo más improductiva a la tierra, desertizándose. Como colofón, la alternancia gubernamental vino a exagerar una práctica por la que se expandió un mal también endémico: el de las cesantías, por la que los empleados de las administraciones públicas cesaban en sus cargos junto con el gobierno ejerciente al momento de su nombramiento, fomentando así de un lado, un clientelismo humillante, de otro, una administración desprofesionalizada y -lo que es peor y desde un tercer lado- una realidad marcada con constantes dientes de sierra en las economías individuales de los servidores públicos que “hoy cobraban del presupuesto público y mañana no”, con la consecuencia más elemental que se vislumbra: una corrupción desorbitada.
Por fin el gobierno de Sagasta (conocido como el largo, 1885-1890) terminó el proceso de abolición de la esclavitud en 1886. También suprimió la censura y reconoció los derechos de libertad de asociación, cátedra y prensa. Modificó la Ley electoral, suprimiendo el voto censitario y admitiendo el sufragio universal de los varones mayores de 25 años. No obstante, aunque esto último supuso la obtención de algunos escaños por los republicanos, la práctica del pucherazo por parte del gobierno convocante de las elecciones se mantuvo inalterada.
Pero España cometió dos graves errores: en primer lugar, hizo oídos sordos a la petición de autonomía y, para colmo, cuando, por fin, Maura presentó en 1893 un proyecto de autonomía política y administrativa para Cuba, las Cortes lo rechazaron. En segundo lugar, menospreció a Estados Unidos. La producción azucarera de Cuba era su mayor riqueza y este Estado vecino era su mejor y mayor comprador, de modo que su actividad comercial era esencial. Y los dirigentes yanquis eran conscientes de ello. Así que, en primer lugar, trataron de comprar lo territorios que quedaban de soberanía española en el archipiélago antillano, a lo que España se negó varias veces y –además- reaccionó con medidas que perjudicaban a los intereses económicos de Estados Unidos y de la propia Cuba. Para resolver la situación, España y Estados Unidos firmaron un Tratado de reciprocidad comercial en 1891. En 1893 Éstos lo denunciaron y se provocó la ruina de la producción azucarera, abandonándose las cosechas con el consiguiente desempleo generalizado. Ante el descontento tanto de las burguesías como de las masas obreras locales, Martí, fundador del partido Revolucionario Cubano en enero de 1892, desde EE.UU., dio órdenes de iniciar operaciones militares de guerra (como continuidad de la de los diez años y de la chiquita), aprovechando la propicia situación socio-económica intencionada y estratégicamente provocada por EE.UU. Bajo los conceptos de la doctrina Monroe (“América para los americanos”) Cuba y Puerto Rico debían ser norteamericanas o estar bajo su influencia, por las buenas o por las malas. Y, a la hora de ambicionar, las posesiones españolas en el Pacífico y Asia tampoco eran desdeñables. Así que también colaboró y alentó la Revolución anticolonial desatada en Filipinas contra España.
Con errores importantes en la estrategia militar, el gobierno español, no obstante, trató de defender sus posesiones de ultramar. El 8 de agosto de 1897, mientras descansaba unos días en el balneario de Mondragón, Cánovas del Castillo, Primer Ministro, fue asesinado. De él, en sede parlamentaria, el diputado León y Castillo había aseverado que no ambicionaba ser el restaurador de nuestra grandeza, (...), sino el ser un buen administrador de nuestra decadencia (...).
Inesperadamente tuvo que hacerse Sagasta de la Presidencia del Gobierno y la Regente María Cristina se quedaba sin su mayor defensor. El Rey Alfonso XIII tenía once años y la sensación de caos se apoderaba de España.
Ilustración de la época obtenida del web "Va de Historia", en que se representa el asesinato de Cánovas del Castillo a disparos del anarquista Michele Angiolillo, en el balneario de Santa Águeda (Mondragón, Guipúzcoa) el 8 de agosto de 1897. Con motivo de su muerte, el NEW YORK TIMES publicó: Los cubanos van ¡por fín! a ver realizados sus sueños de libertad, porque ahora, sin Cánovas, la guerra entre Estados Unidos y España es inevitable. (En realidad, el propósito bélico de USA estaba preconcebido con o sin Cánovas y -a lo sumo- la muerte de éste la precipìtó, sobre todo a la vista de las medidas político-administrativas que adoptó Sagasta en cuanto a la autonomía de Cuba).
III. La restauración borbónica, otra María Cristina de Regente y la hecatombe de 1898 (II)
El 24 de febrero de 1895 se reinició la guerra en Cuba. El gobierno español envió al general Martínez Campos a La Habana para que se hiciera cargo de las operaciones fracasando en su estrategia, por lo que fue relevado por Weyler. En mayo cayó José Martí, pero su ausencia alentó más el alistamiento de los rebeldes. Resultó que el endurecimiento que supuso en la contienda las medidas adoptadas por el general Weyler -pese a que también murió Maceo (otro de los líderes independentistas) en diciembre de 1896-, no alcanzó resultado positivo significativo, y eso que llegó a tener 300.000 efectivos bajo su mando. La evaluación de la situación era calificable como tablas.
A la muerte de Cánovas, Sagasta nombró a Blanco como Capitán General, con las órdenes de dar soluciones políticas al conflicto. Así se extendieron los derechos de los españoles metropolitanos a los insulares, se reformó la legislación electoral aplicable y, el 1 de enero de 1898, se constituyó un primer gabinete autonómico.
Simultánea y paralelamente en Filipinas, el doctor en medicina por la Universidad Central de Madrid, José Rizal, había fundado la Liga Filipina (un movimiento cívico proespañolista que pretendía alcanzar la igualdad entre todos los habitantes de las islas, fuere cual fuere su origen o raza). A los cuatro días de la fundación fue detenido y condenado al exilio por subversivo. Esto radicalizó a uno de sus seguidores, Andrés Bonifacio, quien constituyó la sociedad secreta Katipunan (“los hijos de la patria”) para conspirar –ahora ya sí- contra España. Descubiertas sus intenciones el 19 de agosto de 1892, declararon la guerra abierta que, realmente, lo era de guerrillas. Basadas algunas de sus consignas en frases extraídas de dos novelas escritas por Rizal (que la restricción de los derechos políticos para los nativos filipinos le impedía publicar), y pese a estar éste sirviendo como médico de campaña del ejército español en Cuba, fue llamado a la península, detenido por sedicioso y enviado preso a Manila. Condenado a muerte, fue fusilado el 10 de diciembre de 1896. Esto imposibilitó cualquier solución negociada. Es un triste final para un pacifista que no había discutido la españolidad del archipiélago y demuestra la intransigencia con que se comportaba España.
En Puerto Rico (en donde se puede considerar efectivamente abolida la esclavitud en 1880 y que, desde 1896, gozaba de cierta autonomía político-administrativa) los movimientos independentistas y los anexionistas (con EE.UU. unos y con una Cuba independiente, otros) constituían una minoría política, frente al Partido Autonomista, que era mayoritario y administraba las instituciones autonómicas, de ahí que las reivindicaciones de aquéllos no devinieron en actuaciones armadas. Parece mentira que a la vista de los buenos resultados conseguidos en Puerto Rico, no se aplicaran iguales medidas en Cuba y Filipinas. La verdad que en ello tuvo mucho que ver la oligarquía española de toda índole (especialmente la local) que fue capaz de “matar a la gallina de los huevos de oro”, antes que ceder en la concesión de los más elementales derechos humanos y políticos a la población autóctona y residente, cediendo en sus privilegios. Entre esa oligarquía se encontraban relevantes miembros de los incipientes nacionalismos catalán y vasco. En las Filipinas, además, algunas órdenes religiososas en el ejercicio de la enseñanza resultaron ser origen de odios y motivo de venganzas.
El status belli de Cuba (en mi modesta opinión financiado y promovido desde sus raíces por el gobierno estadounidense) significaba un propicio “río revuelto para ganancia del pescador” yanqui y no iba a desaprovechar la ocasión. Desde el principio refugió a los insurrectos en su territorio nacional (ahora sucede igual con los anticastristas) y, con una política de doblez para con España y el resto de las naciones, fue disimulando sus verdaderas intenciones hasta que, ante la concesión de la autonomía a Cuba el 15 de noviembre de 1897 (en vez de aplaudir y apoyar la medida como sería de esperar de la coherencia de sus posturas ideológicas) al ver peligrar su objetivo expansionista, apostó por acelerar la intervención militar. España trató de hacer ver a la comunidad internacional lo espurio del comportamiento estadounidense, pero la voluntaria abstención de Gran Bretaña y la obligada de Francia y Alemania (conocedoras de la inferioridad naval resultante sin la participación británica) hicieron infructuosos los esfuerzos diplomáticos, incluido los del Vaticano.
Nadie dudaba ya de la inminente guerra cuando, sorprendentemente y en “prueba de buena voluntad” (según las autoridades norteamericanas) y con la excusa de dar amparo y socorro a los ciudadanos estadounidenses en territorio cubano-español (y con el único objetivo con visos posibles y razonables el de espionaje), el 24 de enero de 1898 atracó en el puerto de La Habana el Maine, un acorazado de segunda clase de la Armada de los EE. UU. Se trataba de un navío relativamente moderno (botado en 1889) y aunque muy deslumbrante con sus dos chimeneas, era inferior en potencial bélico a bastantes de los barcos españoles. En el fondo su presencia era una provocación, porque desde unos meses antes la flota norteamericana ejercía un ilegítimo bloqueo naval a Cuba. España despachó hacia Nueva York, el mismo día, al crucero Vizcaya.
El 15 de febrero (martes de carnaval) el Maine explosionó de proa, volando por los aires, hundiéndose en el interior del puerto y ocasionado la muerte de 266 miembros de su tripulación. Emulando el grito de ¡Recordad El Álamo! que en 1845 alentó la guerra contra México, ¡Recordad el Maine! fue el grito que la prensa estadounidense enarboló en una campaña debidamente orquestada para que fuese declarada la guerra a España, como así fue, sin que se pudiere obtener un dictamen objetivo de los motivos de la explosión. Los norteamericanos no dejaron participar a técnicos españoles en su Comisión Investigadora y afirmaron que se debió a una causa externa, acusando así directamente de un sabotaje a España. La investigación oficial de las autoridades judiciales y militares españolas llegaron a la conclusión contraria: era interna, entre otros motivos porque no aparecieron peces muertos en la dársena, lo que, sin duda, el sentido común exige que así sucediera si la explosión hubiese tenido su origen en el exterior del casco. (Se adujo en contra la infantil razón de que era una zona lodosa escasa de peces. Años después los propios Estados Unidos confirmaron que la explosión fue consecuencia de un error de diseño de los barcos de su clase, que tenía situada una de sus carboneras demasiado próxima a la santabárbara).
El 25 de abril, el parlamento de los Estados Unidos acordó que:
Considerando que el aborrecible estado de cosas que ha existido en Cuba durante los tres años últimos en isla tan próxima a nuestro territorio, ha herido el sentido moral del pueblo de los Estados Unidos, ha sido un desdoro para la civilización cristiana y ha llegado a su período crítico con la destrucción de un barco de guerra norteamericano y con la muerte de 266 de entre sus oficiales y tripulantes, cuando el buque visitaba amistosamente el puerto de La Habana.
Considerando que tal estado de cosas no puede ser tolerado por más tiempo (…)
El Senado y la Cámara de Representantes reunidos en Congreso acuerdan:
Primero: que el pueblo de Cuba es y debe de ser libre e independiente.
Segundo: que es deber de los Estados Unidos exigir y por el presente su Gobierno exige que el Gobierno español renuncie inmediatamente a su autoridad y gobierno en Cuba y retire sus fuerzas navales y terrestres en la isla.
Tercero: que se le autorice al Presidente de los Estados Unidos y se le encargue y ordene que utilice todas las fuerzas militares y navales de los Estados Unidos y llame al servicio activo a las milicias de los distintos Estados de la Unión, en el número que sea necesario para llevar a efecto estas medidas.

Fotografía obtenida de Wikipedia, en la que se ven los restos del Maine en el puerto de La Habana, destrozado por los efectos de la explosión.
III. La restauración borbónica, otra María Cristina de Regente y la hecatombe de 1898 (III)
Con o sin acuerdo del Congreso norteamericano, la guerra era ya una realidad. Cinco días antes de su adopción, el 20 de abril, el Almirante Cervera reunió en el archipiélago portugués de Cabo Verde a una flota compuesta por el crucero-acorazado Cristóbal Colón, los cruceros protegidos Infanta María Teresa (insignia), Vizcaya y Almirante Oquendo, los destructores contratorpedos Furor, Terror y Plutón (modernísimos y muy veloces estos tres, pero de escaso blindaje) y los torpederos Ariete, Rayo y Azor que no podían cruzar el Atlántico por problemas en sus máquinas y regresaron a puerto español tras recibir la Escuadra, el día 24, la orden de partir. Cervera, en contra de su opinión técnico-profesional y siguiendo las confusas órdenes del Ministerio de Marina, tomó rumbo a las Antillas, seguro de que aquella singladura sería un sacrificio estéril de los barcos a su cargo. Partió el 29 de abril ya conociendo el estado de guerra. Atracó (después de sufrir extrañas vicisitudes en los lugares donde intentó fondear para suministrar combustible durante la travesía) en el puerto de Santiago de Cuba el 19 de mayo.
Por su parte, una flota norteamericana compuesta de cuatro cruceros protegidos (Olympia, Baltimore, Raleigh y Petrel), y dos grandes cañoneros (Condord y Boston), bien pertrechada de municiones y con un desplazamiento total de 19.000 toneladas, partió el 24 de abril (un día antes de la declaración de guerra por el Congreso) desde Hong-Kong con destino al archipiélago filipino.
Si la prensa norteamericana estimulaba y alentaba la guerra, la española no se quedaba a su zaga. Con una campaña fundamentada en un voluntarismo fantasioso y un falso patriotismo, despreciaba a la Armada contraria y exigía el inmediato uso de la fuerza desorbitando la potencia de la española. Los almirantes de nuestra flota eran más sensatos y más patriotas, pero su opinión no tenía instrumentos de difusión pública. Consideraban –lo que era una verdad aplastante como luego se pudo tristemente comprobar- que nuestra Armada no estaba en condiciones de enfrentarse con mínimas posibilidades de victoria a la norteamericana. La prensa difundía si no maliciosamente sí negligentemente, un estadillo técnico de la flota estadounidense anticuado en el que no se reflejaban los avances y mejoras de ésta, al menos, en los últimos cinco años (precisamente los de mayor esfuerzo constructivo). Pero los marinos de la Flota sí conocían la realidad: los barcos españoles estaban muy mermados en su capacidad teórica de combate. Sin tener en cuenta la falta de instrucción de las dotaciones, muchas de las unidades tenían algunas de las torres de artillería inservibles, o la munición no le era idónea por defectos de calibre, o –lo que es aún peor- como las del más moderno y mejor de nuestros buques en Cuba, el crucero Cristóbal Colón que, simple y llanamente, no las tenía instaladas. Desde una perspectiva teatral, podríamos decir que era un barco de tramoya, pues sólo podía “asustar” con su “impresionante” presencia al enemigo, pero no plantearle material combate con fuego real.
La verdad es que los “grupos de presión” político-económicos españoles, creían que la guerra les sería ventajosa, venciera quien venciera. Todos se engañaban con esa apreciación. Fueron los mismos que una vez producida la hecatombe y para justificarla y justificarse, la minimizaron y trataron de explicar la derrota en el sentido de convencer a los españoles de que nuestra Escuadra de guerra estaba nutrida por antiguallas de museo construidas sólo con madera y con navegación a vela, sin capacidad de maniobra y combate, lo que era manifiestamente falso. Nuestros barcos (por supuesto propulsados con máquinas de vapor) podrían haber sido una fuerza casi invencible para los buques de la Navy (de hecho los americanos estaban aterrorizados porque se temían lo peor), si hubieran sido algo más que “fachada” en sus armamentos y hubieren estado debidamente dotados de suficiente y buen combustible (como el carbón inglés), munición y víveres, como sí lo estaba su oponente.
La Escuadra norteamericana se apostó en la bahía de Manila, frente a Cavite, a primeras horas del 1 de mayo de 1898. El Olimpya enarbolaba la insignia del jefe de la flota, comodoro Dewey. A los seis buques norteamericanos, el almirante Montojo podía oponer siete navíos: el crucero de primera clase Reina Cristina (buque insignia), el crucero no protegido Castilla (el único de casco de madera), los cruceros de segunda clase Isla de Cuba, Isla de Luzón, Don Antonio Ulloa, Don Juan de Austria, el Velasco (que no intervino en el combate) y el cañonero Durero, sumando un total de 14.000 toneladas. En teoría las Escuadras estaban niveladas, con ligera ventaja para la de EE.UU., pero la española estaba (como sucedía con la de Cervera) muy mermada en su capacidad operativa de combate. No obstante ello, a las dos horas y media de iniciado el mismo, la situación se mantenía defendible, salvo en el Castilla y en el Reina Cristina, que habían sido el centro del cañoneo si bien se mantenían a flote y con cierta capacidad de tiro. Ante la falta de resultados, Dewey ordenó la retirada, pues creía que había consumido la mitad de sus municiones y todos los barcos españoles mantenían capacidad de respuesta. Y entonces (en una acción que causa cierta sorpresa desde nuestra pesrpectiva actual, pero que obedecería a una solución sopesada como mal menor), Montojo cambió su insiginia al Isla de Cuba, dio el combate por perdido y ordenó abandonar los barcos, descerrajando a la artillería y abriendo las espitas para inundarlos. Ante tan ineseperada reacción, Dewey reanudó el cañoneo, colaborando con el irremediable hundimiento de la flota. El daño de algunos navíos españoles fue tan escaso que el Isla de Cuba, el Isla de Luzón y el Don Juan de Austria fueron reflotados por los norteamericanos y los mantuvieron en servicio con los mismos nombres hasta bastantes años después.
Por su parte, la flota de Las Antillas había atracado en el puerto de Santiago de Cuba el 19 de mayo de 1898. Cervera conoció -durante la travesía desde Cabo Verde- cuando trató de repostar carbón y víveres en La Martinica y en Curaçao (lo que no pudo hacer por negarse a ello las autoridades locales) que la flota norteamericana iba a concentrarse en aguas de Puerto Rico (donde inicialmente debía la suya arribar según las órdenes recibidas), por lo que optó por Santiago de Cuba para esquivarla y porque creía que era el lugar idóneo para pertrecharse. Una vez allí quedó a las órdenes de Blanco.
La Escuadra colaboró eficazmente con la defensa de Santiago y de sus costas próximas desde el mismo momento en que atracó, y alentó un verdadero terror en las poblaciones costeras del Sur y Este de USA, ante el temor razonable de ser bombardeadas. Tal respeto se tenía a la flota española que la norteamericana (que maniobraba dividida en dos) tenía órdenes de no enfrentarse a ella por separado. Por eso, una vez unificada frente a Santiago bajo el mando del Almirante Sampson, relevándose entre ellos, dos buques norteamericanos estaban permanentemente fondeados frente al puerto, a distancia suficiente para no ser alcanzados por las baterías españolas, y tratando de impedir así una posible salida de la Escuadra de Cervera, para lo que iluminaban con sus focos a la bocana durante las noches. Con el fin de bloquear el puerto, los norteamericanos trataron de hundir a su entrada el carguero de vapor Merrimac, a lo que se adelantaron las defensas españolas (entre ellas los cañones del crucero Reina Mercedes, que estaba anclado a la entrada de la bahía e inservible para navegar) y fue hundido en aguas que no afectaban a la libre navegación portuaria.

Fotografia de la Greely Colection, obtenida de Wikipedia, donde se aprecia hundido el buque insignia de la Escuadra española de Filipinas, crucero Reina María Cristina.
III. La restauración borbónica, otra María Cristina de Regente y la hecatombe de 1898 (y IV)
Tras recibir las órdenes del general Blanco de salir del puerto ante el riesgo inminente de que Santiago fuese tomado por tierra (lo que no era cierto, pero las presiones para que la Escuadra saliera a combatir eran enormes), sobre las nueve de la mañana del día 3 de julio y encabezados por el insiginia, el Infanta María Teresa, demasiado alejados uno de otro, en hilera y con la misma ruta (por lo angosto del paso de salida), los navíos españoles enfilaron a la Escuadra norteamericana, situada en semicírculo sobre el eje de la bocana, que estaba compuesta por los acorazados Iowa, Indiana y Oregón, el crucero acorazado Texas (similar al Maine), el crucero protegido Brooklyn, el cañonero Erikson y los cruceros auxiliares Gloucester, Resolute y Vixen. Al final de la batalla se incorporó el crucero protegido New York.
Desde el primer momento el María Teresa intentó hacerse centro de diana para tratar de sacrificarse en beneficio del resto, poniendo proa hacia el Brooklyn. Éste viró en 180 grados para evitar un supuesto abordaje, lo que intentó aprovechar Cervera para salvar a su buque, pero fue rodeado y atacado por todos los navíos norteamericanos. Le seguían el Vizcaya y el Cristóbal Colón que, por estar el cañoneo enemigo centrado en el insignia, pudieron navegar sin presión de fuego, unificándose luego el bombardeo (tras arruinar al María Teresa) en el Oquendo. Tras éste fueron hundidos los indefensos contratorpedos Furor y Plutón. Fue entonces perseguido, alcanzado y hundido el Vizcaya. El más veloz de todos los barcos, el Cristóbal Colón, estuvo a punto de escapar indemne, pero por faltarle carbón que estuviera en óptimas condiciones y tener que recurrir a la carbonilla, su comandante, viéndose casi alcanzado y sin capacidad de combate (no tenía instaladas las torres de artillería principales) decidió encallarlo. En algo más de cuatro horas la Escuadra de las Antillas estaba destruida y muertos 474 españoles. Sin embargo, el sacrificio infructuoso que (en contra de su opinión técnica y tal como había aventurado el Almirante Cervera) supuso el empeño gubernamental de mandar la flota a las Antillas, fue gran causa de admiración por la flota adversaria. Así, el Comandante del Iowa, donde fue llevado Cervera como prisionero, mandó rendirle los honores de ordenanza y le dijo: Son ustedes unos héroes. Han realizado el episodio más sublime de la historia de la Marina. El Almirante fue tan admirado en Estados Unidos que un clavel artificial de color amarillo ribeteado en rojo, de gran éxito de ventas en las floristerías, fue conocido como el “clavel Cervera”.
Entre tanto la flota de reserva, entre la que destacaban el acorazado Pelayo y el crucero Carlos V, ambos con una supuesta gran capacidad de combate y fuego, fue maliciosamente retrasada por las autoridades egipcias (al dictado de las británicas) en su paso por el canal de Suez cuando intentaba llegar a Filipinas. Navegando por el Mar Rojo tuvo conocimiento de los desastres de Cavite y Santiago, regresando a España para garantizar la defensa de las costas atlánticas. Muchos expertos militares opinaron que, si desde el primer momento se hubiese dispuesto su traslado hacia la costa atlántica de los EE.UU., la flota de Sampson hubiese tenido que defender sus propias aguas y no hubiera podido bloquear Cuba, salvándose así la flota de Cervera y, casi con toda seguridad, evitarse de este modo la pérdida –al menos de forma tan inmediata- de Cuba y Puerto Rico. Pero la realidad es que se encontraban en tan mal estado como el resto de los grandes buques y de sus escoltas, además, de éstos muchos eran incapaces de poder cumplir misiones transatlánticas.
En tierra, tanto en Filipinas como en Cuba, sin flota de apoyo, a las fuezas españolas sólo les cabía el resistir el mayor tiempo que les fuere posible al quedar las islas definitivamente bloqueadas y, por tanto, sin posibles refuerzos ni nuevos suministros. Sin embargo, es de tener en cuenta que en Cuba la situación era militarmente más ventajosa para España que para los americanos (apoyados por los mambises cubanos) quienes desembarcaron el 20 de junio cerca de Santiago y, por ello, cabe considerar que con una flota verdaderamente operativa, la solución hubiese sido probablemente muy favorable a España. El ejército español tenía en sus filas un importante número de veteranos y sus mandos estaban curtidos en el aprendizaje que le suponían siglos de batallas (lo que les daba mayor capacidad de maniobra y voluntad de combate), mientras que el norteamericano estaba recién reclutado nutriéndose de voluntarios en su mayor número y sus jefes y oficiales no habían tenido otra experiencia que su propia guerra civil. El armamento español era mucho más efectivo en fusilería (disponía del moderno fusil de asalto Mauser) y bastante igualado en artillería (si bien, como pasaba en la Escuadra, su estado de conservación era pésimo y el municionamiento escaso); y, además, actuaba desde sus bases asentadas, frente al carácter expedicionario del ejército estadounidense. Pero, como hemos dicho, tras la pérdida de la flota la situación se hizo insostenible, y el 17 de julio los yanquis ocuparon Santiago tras la toma del fuerte de El Caney, donde las tropas españolas (conocedoras de que la posición que defendían resultaba clave para la defensa de la ciudad) al mando del general Vara de Rey, llevaron a cabo una de las grandes gestas heróicas que se quedan grabadas para la Historia: la defensa del fuerte durante diez horas por una dotación de unos 540 hombres (de los que fallecieron 444) frente a unos 6.000 solados norteramericanos y 400 indepedentistas. Los vencedores otrogaron honores de héroe al cadáver de Vara del Rey y un testigo objetivo (un militar sueco), admirado por el sacrificio y resistencia de los solados españoles, al informar de los hechos escribió: ¡Dichoso el país que es tan querido por sus hijos! El 12 de agosto se firmó el armisticio y el fin de las operaciones. Unos días antes, el 25 de julio, desembarcaron los americanos en Puerto Rico, ocupándola sin resistencia.
En Filipinas, donde la situación no era distinta en cuanto al ejército de tierra, los nortemaricanos –que fueron desembarcando a lo largo del mes de julio- no intervinieron militarmente hasta primeros de agosto, limitándose hasta entonces a marchar tras las fuerzas tagalas. Cercada Manila, el 7 de agosto solicitaron a las autoridades españolas la evacuación de la población civil, dando 48 horas para el inicio del bombardeo; y, pese a que el día 12 se había firmado el armisticio, el 13 de agosto fueron bombardeadas por los americanos las defensas de la capital, rindiéndose definitivamente las fuerzas españolas. Resulta curioso que tanto en Cuba como en Filipinas los americanos no dejaran entrar ni en Santiago, ni en La Habana ni en Manila a las tropas independentistas. Sus intenciones debieron ser dobles: proteger a los ciudadanos españoles (la más noble) de las posibles represalias de los insurrectos y (aprovechando la ocasión) el hacerse con los centros de poder de ambos archipiélagos (sin duda, más interesada), como así fue.
El 2 de junio de 1899, 294 días después de haberse firmado la paz, rendía la plaza de Baler (un pequeño lugar de la isla de Luzón) el 2º Teniente de Infantería Saturnino Martín Cerezo (natural de Miajadas, Cáceres), entregándose junto con los 32 supervivientes de los 57 inicialmente sitiados en el destacamento. Entre los primeros se encontraban los soldados Eufemio Sánchez Martínez (granadino de la Puebla de Don Fadrique) y los murcianos Luis Cervantes Dato (natural de Mula) y Francisco Real Yuste (de Cieza). La heoricidad de la guarnición española causó admiración de todo el Mundo y es, sin duda, un manifiesto ejemplo de cómo los ciudadanos cumplían con sus obligaciones a costa de su propia vida, mientras las autoridades responsables de conseguirles los medios oportunos para tal cumplimiento, simple y llanamente, ni se lo planteaban [1]. Se terminaba de autoliquidar así, tras 400 años, el Imperio español y el Sol empezó, de nuevo, a ponerse en su territorio.
En París, el día 10 de diciembre de 1898, los plenipotenciaros firmaron el tratado de paz, por el que España renunciaba a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba a favor de los Estados Unidos; se les cedía la isla de Puerto Rico y las demás que estaban bajo su soberanía en las Indias Occidentales, y la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas o Ladrones; y, por supuesto, el archipiélago conocido por las islas Filipinas. Los nortemaricanos pagarían a España 20 millones de dólares y, ambos Estados, recíprocamente, transportarían a los prisioneros de guerra hasta sus respectivas naciones.
El precio compensatorio que España se vio obligada a aceptar, debe considerarse como humillante y ofensivo, si tenemos en cuanta que se vendió a Alemania unos meses después, por 25 millones de pesetas, los pequeños archipiélagos (que sólo tenían valor estratégico pero no productivo) de las Marianas (salvo Guam), Carolinas y Palaos. En ese momento un dólar equivalía aproximadamente a un duro (cinco pesetas).
Para España esta guerra supuso la pérdida global de cerca de 135.000 vidas (la gran mayoría víctimas de enfermedades tropicales y de la falta de alimentos y mínimas condiciones de higiene, y no de los combates propiamente dichos), un coste en material bélico descomunal y, sobre todo, una pérdida en la capacidad de producción irrecuperable.
Se ha venido en denominar como “desastre”, pero estimo que ese calificativo –como veremos- es más adecuado para Annual. Los hechos de 1898 supusieron tal efecto catastrófico para España, que no hay temor a calificarlos como “hecatombe”.
[1] Por la Presidencia de la República de Filipinas se dictó el siguiente Decreto: «Habiéndose hecho acreedores á la admiración del mundo las fuerzas españolas que, guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres, aislados y sin esperanzas de auxilio alguno, ha defendido su bandera; por espacio de un año, realizando una apopeya tan gloriosa y tan propia del valor legendario de los hijos del Cid y de Pelayo, rindiendo culto á las virtudes militares, ó interpretando los sentimientos del ejército de esta república, que bizarramente les ha combatido; á propuesta de mi secretario de Guerra, y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo en disponer lo siguiente:
Artículo 1.° Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino por lo contrario, como amigos; y, en su consecuencia se les proveerá por la capitanía general de los pases necesarios, para que puedan regresar á su país
Dado en Tarlac á 30 de junio de 1899.—EL presidente de la república, Emilio Aguinaldo. — El secretario de Guerra, Antonio Flores.»

VÍDEOS DE INFORME SEMANAL
PELÍCULA DE LA ÉPOCA SOBRE LA GUERRA
LOS COMIENZOS DEL SIGLO XX: HACIA EL ABISMO
IV. Breve visión sobre la situación socio-político-económica al inicio del siglo XX
Si la profunda desmoralización que la pérdida de la guerra supuso para España fue una verdadera hecatombe moral, las consecuencias económicas resultaron, asimismo, catastróficas, situándose la gran mayoría de la población en una extrema pobreza. El pesimismo se apoderó de la opinión pública y de la conciencia social española. Con el humillante Tratado de Paz firmado en París, España quedaba hundida como colectivo, enfangada en su honor patriótico y orgullo nacional, y sin suficiencia productiva para subsistir económicamente. De ese estado de cosas se generó la que se ha venido en llamar generación del 98, en la que se integran gran parte de los artistas e intelectuales de la época más destacados como Albéniz, Azorín, Maeztu, Mesa, Antonio Machado, Menéndez Pidal, Valle-Inclán, Zuloaga, etc. Y un movimiento socio-político que tenía como objeto el análisis científico de los motivos de la decadencia de España, encabezado por el general Polavieja y por Joaquín Costa quien consideraba que la modernización de España requería escuela y despensa: el regeneracionismo (su popular eslogan fue el de escuela, despensa y siete llaves para el sepulcro del Cid).
Políticos conservadores (Silvela y Maura), liberales (Alba y Canalejas), republicanos (Azaña), e incluso el general y dictador Miguel Primo de Rivera, se adhirieron en mayor o menos medida al regeneracionismo y a las ideas de Costa, así como escritores como Membrado Ejerique, Morote, Posada, Senador Gómez, etc.
Lo cierto es que podemos afirmar que entre la España oficial, representada por el sistema constitucional de la alternancia entre conservadores y liberales, y la real, se produjo una separación abismal. De la Restauración quedaron marginados los republicanos, pero también otras fuerzas políticas y sociales como el carlismo y las organizaciones obreras anarquistas o socialistas.
Los republicanos (salvo los posibilistas de Castelar, que participaron en las elecciones desde 1876) tanto federales como unitarios, pasaron a la clandestinidad hasta que en 1881 Sagasta permitió la legalización de los partidos. No obstante el pucherazo era la práctica electoral común, e impedía que los partidos políticos no “alfonsinos” pudieran aspirar, no ya al gobierno, sino a obtener escaños. Ya Ruiz Zorrilla se pronunció fallidamente en Badajoz en 1883. Con la muerte de Alfonso XII, los republicanos atisbaron un punto de esperanza, pero los resultados electorales de 1886 les fueron –como no podía ser de otro modo- totalmente adversos, por lo que se volvieron a pronunciar sin éxito en septiembre de ese año, con el brigadier Villacampa a la cabeza, hasta que la implantación del sufragio universal en 1891, posibilitó que accediera al Congreso una minoría republicana. No obstante, sus disputas internas les minaban en su capacidad de organización y les debilitaban como opción política.
Los carlistas (que representaban al sector más extremo de la derecha conservadora), tras la derrota militar de 1876 se escindieron, lo que supuso igualmente, una debilitación en su capacidad política e inmersión social (gran parte del tradicionalismo se integró en 1884, con Alejandro Pidal, en el canovismo).
El Partido Socialista Obrero Español (legalizado, asimismo, en 1881) tras el I Congreso Nacional de 1889 y su adhesión a la Segunda Internacional en 1890, comenzó a implantarse en la sociedad española, si bien también sufrió escisiones. Representó la voz más crítica y contraria a la guerra de Cuba y al sistema de reclutamiento. Desde 1888 la Unión General de Trabajadores se fue implantando en los sectores obreros.
Mucha mayor organización tenían inicialmente los anarquistas, que abiertamente se decantaron por la acción violenta. Entre otras, destacan el atentado a Martínez Campos el 24 de septiembre y el del teatro Liceo barcelonés el 8 de noviembre, ambos de 1893; y el asesinato de Cánovas, en agosto de 1897. Contestados los atentados por una durísima represión, ésta promovía una reacción de más violencia.
Y los nacionalismos. Del I Congreso Catalanista (1880) se pergeñó el nacimiento del Centre Català (1882), como asociación cultural defensora del republicanismo catalán, creado por Valentí Almirall. Con una postura menos radical, en 1887 se formó la Lliga de Catalunya liderada por Prat de la Riba que se unió, en 1891, con el Centre Escolar Catalanista, dando lugar a la Unió Catalanista, madre de las “Bases de Manresa”, publicadas el 27 de marzo de 1892 y que constituyen el programa de construcción del nacionalismo político catalán que, hasta entonces, se encontraba más circunscrito a una esfera de manifestación sociocultural. Desde 1892, la reivindicación de una institución autonómica catalana fundamentada en sus peculiaridades históricas y espirituales se va haciendo, cada vez, más fuerte.
Sabino Arana residió desde 1883 hasta 1888 en Barcelona. Lo hizo hasta la muerte de su madre (viuda) en cuya Universidad se matriculó en las facultades de Derecho y de Filosofía y Letras, sin verdadera vocación y menos intención de obtener alguna licenciatura. Allí se impregnó del sentimiento nacionalista catalán. Regresó a los 23 años a Vizcaya, donde se dedicó al estudio y revitalización del vascuence y a la investigación historiográfica propia que, en 1892, publicó como recopilación de varios artículos de contenido independentista. Bajo el lema de Dios y Leyes viejas, poco a poco, fue fundamentando su inmersión social y el 31 de julio de 1895, fundó el Bizkai-Buru-Bazar, origen del Partido Nacionalista vasco. Detenido y encarcelado en septiembre de ese mismo año, estuvo preso hasta enero de 1896, radicalizándose en sus ideas, que perfiló separándose del carlismo. En 1898, consiguió acta en la Diputación de Vizcaya, lo que supuso una moderación de sus posturas. No obstante ello, la represión sufrida por parte del gobierno al suspender las garantías constitucionales en Vizcaya porque el PNV obtuvo una decena de concejales y un Alcalde en las elecciones municipales de 1899, no facilitaban los entendimientos y, aunque en su última etapa (claro que estuvo encarcelado en parte de ella) antes de su muerte el 25 de noviembre de 1903 (a la temprana edad de 38 años) se “españolizó”, encargó su sucesión al frente del PNV al radical Ángel Zabala.
Tanto en Galicia como en Valencia, se fueron asentando iniciativas regionalistas. En Galicia (inicialmente con elementos carlistas, en absoluto separatistas) en torno a la Lliga Gallega (aunque con disidencias de importancia) liderada por Murguía y, más tardíamente en Valencia, en torno a la sociedad Lo Rat Penat fundada por Llombart.
Estas organizaciones socio-políticas no se mostraron capaces, en sus distintos ámbitos territoriales y de influencia social, de erradicar una estructura social caciquil que, además, había visto aumentar el latifundismo como resultado de las desamortizaciones. Porque estas medidas adoptadas sucesivamente por Godoy, Mendizábal, Espartero y Madoz, y que pretendían eliminar las manos muertas, redistribuir la propiedad (y, por tanto, las fuentes de riqueza) entre el campesinado y hacer más productivas a las tierras, alcanzaron sólo un éxito limitado (se saneó, en parte, la Hacienda Pública y se aumentó la superficie de cultivo) y sí generaron bastantes consecuencias perversas. Resultó que las propiedades desamortizadas se fueron concentrando en aquellos que ya disfrutaban de cierto estatus de riqueza y que, por tanto, podían pagarlas. Es decir, los ricos se hicieron más ricos y los latifundistas más latifundistas. La venta pública de los montes y tierras comunales de los municipios privaron a muchas familias del medio rural de los recursos esenciales para su subsistencia, tales como la leña y los pastizales, empobreciéndose –de paso- los ayuntamientos al perder los ingresos que le suponía su explotación. Y, para colmo, la ampliación de la superficie de cultivo conllevó la desforestación y, con ésta, la disminución de las lluvias y la sequía y, en consecuencia, más pobreza para los más pobres. La caída productiva y competitiva del sector agrario, promovió una inmigración desmesurada hacia aquellas ciudades que comenzaban a industrializarse o hacia las cuencas y zonas mineras (única parte del sector primario en desarrollo y crecimiento) y a los enclaves siderometalúrgicos.
Y, si bien es cierto que la red de ferrocarril se desarrolló significativamente y que la red de carreteras (aunque insuficientemente) mejoró, un sector bancario incapaz de progresar y hacer progresar a la economía; y, una política tributaria que no proporcionaba redistribución alguna de la riqueza y que, en realidad, sus ingresos se procuraban únicamente para alcanzar el equilibrio en los gastos (en los que el pago de intereses de la deuda pública suponía un 30%), generaban una situación económica carente de los más básicos elementos que permitieran cierto despegue y crecimiento global.
Con alto grado de acierto podemos afirmar que cuando llegó el siglo XX, España se encontraba en la peor situación socio-político-económica de toda su historia.
V. El primer cuarto del siglo XX: la Semana Trágica, la Gran Guerra y el desastre de Annual (I)
Entre el último cuarto del siglo XIX y los primeros años del XX, las potencias mundiales procedieron –basadas en una desmedida concepción expansionista- al reparto entre ellas de África y Asia Meridional (especial interés se tenía en dominar el Mediterráneo). España (aunque en un principio dudó hasta conocer la postura del Reino Unido), aceptó el trocito de tarta que le cedieron los estados preeminentes sobre África, encomendándosele desde 1904 el control de la zona noroeste de Marruecos, concretada en la conferencia de Algeciras de 1906. Este control se fue perfilando en lo que luego se vino en llamar Protectorado, como figura del Derecho Internacional que –maquillando el concepto de explotación colonial ya en desprestigio- consistía en la técnica de (sin perder teóricamente soberanía) aceptar un Estado la ayuda de otro u otros para tratar de alcanzar un supuesto alto grado de implantación en su territorio del modelo occidental. En nuestro caso, se suponía que el Sultán marroquí cedía a España la zona que le había correspondido (una franja de 21.243 kilómetros cuadrados), al Norte y Oeste de África a fin de que se procediera, en su nombre, a su “modernización”. El problema resultó ser que el Sultán de Marruecos, Abd al-Aziz, no ejercía autoridad alguna sobre la zona a proteger: el Rif, Gomara y la Yafara, por lo que poco podía ceder territorialmente y se trataba, pues, de un necesario esfuerzo de imposición de la autoridad inexistente.
Además, la zona no era precisamente favorable a España. En 1859 (tras largos años de constantes ataques y escarceos sobre Ceuta y Melilla por parte de grupos armados locales) se le había declarado la guerra a Marruecos. La práctica unanimidad del Congreso de los Diputados y la casi total manifestación favorable de la opinión pública en tal declaración bélica, supuso un enaltecimiento del vigor patriótico en el que destacaron los centros de reclutamientos de voluntarios de Cataluña, Navarra y País Vasco, en los que (alentados por el carlismo) se alistaron la mayoría de los 36.000 hombres que compusieron un ejército expedicionario al mando del general O´Donell que, entre el 17 de diciembre de 1859 y el 23 de marzo de 1860, resultó victorioso en la campaña militar. España amplió los límites de Ceuta y Melilla y recibió Ifni y una indemnización previa hasta que se le posesionara de Tetuán. Pero, no caben dudas, había alentado en la zona una clara animadversión en su contra.
Con todos esos antecedentes, cuando comienza a hacerse cargo del territorio, la población autóctona ve a España como a una potencia enemiga que ayuda a un invasor (el Sultán de Marruecos), si no –incluso- como a una invasora directamente (ambas cosas eran ciertas si bien, materialmente, lo era más esta última).
El 17 de mayo de 1902 Alfonso XIII juraba la Constitución de 1876 y, con 16 años, comenzaba a ejercer como Rey de España. En su diario, el 1 de enero de ese año, había anotado:
En este año me encargaré de las riendas del Estado, acto de suma trascendencia tal y como están las cosas, porque de mí depende si ha de quedar en España la Monarquía Borbónica o la República. Porque yo me encuentro el país quebrantado por nuestras pasadas guerras, que anhela por un alguien que la saque de esa situación; la reforma social a favor de las clases necesitadas; el Ejército con una organización atrasada a los adelantos modernos; la Marina sin barcos; la bandera ultrajada [subrayado en el original]; los gobernadores y alcaldes que no cumplen las leyes, etcétera... En fin, todos los servicios desorganizados y mal atendidos. Yo puedo ser un Rey que se llene de gloria regenerando la Patria, cuyo nombre pase a la Historia como recuerdo imperecedero de su reinado, pero también puedo ser un Rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros y, por fin, puesto en la frontera. Yo siempre tendré a manera de ángel custodio a mi Madre. Segundo ejemplar que nuestra Historia presenta; el primero, Dª María de Molina; el segundo, Dª María Cristina de Austria. Don Fernando IV pidió cuentas a su madre; mas yo eso nunca lo haré. Yo espero reinar en España como Rey justo. Espero al mismo tiempo regenerar la Patria y hacerla, si no poderosa, al menos buscada, o sea, que la busquen como aliada. Si Dios quiere para bien de España.
No cabe duda que Alfonso XIII era consciente de la realidad a la que se enfrentaba y preveía la posibilidad de un final republicano. Era consciente pues, que el régimen estaba en manos caciquiles y que las prácticas democráticas desvirtuadas hacían que la representación en las Cortes no fuera reflejo de la sociedad. Además, los partidos proalfonsinos, tras la desaparición de Cánovas y de Sagasta (en enero de 1903), sufrían graves crisis internas y, en realidad, no desempeñaban su labor constitucional. Ello supuso que el Rey adoptara una actitud intervencionista que le llevó a un ejercicio del poder de dimensiones extraordinarias, muy ajenas a la idea de monarca constitucional (el Rey reina, pero no gobierna), convirtiéndose el palacio de Oriente en el epicentro de decisión de la vida política española. Se estructuró así la gobernabilidad en una forma jerárquico-piramidal de vértice a base (y no al revés como es propio de las democracias) que sumada a la presencia constante del ejército en asuntos públicos que le debían ser ajenos, dio como resultado un deterioro gradual de la imagen de la monarquía.
Tras Silvela (sucesor de Cánovas), el partido Conservador fue liderado por Maura (quien -como Ministro de la Gobernación entonces- hizo amago de conseguir unos comicios sin pucherazo en las elecciones celebradas el 26 de abril de 1903). Ostentó el gobierno desde diciembre de 1902 hasta el verano de 1905, sucediéndose en la Presidencia, Silvela, Fernández Villaverde, Maura, Azcárraga y –de nuevo- Fernández Villaverde (¡seis gobiernos en poco más de dos años y medio!).
Con la muerte de Sagasta el 5 de enero de 1903, el partido Liberal-Fusionista se enzarzó en una verdadera guerra interna por la sucesión. Montero de los Ríos fue el vencedor, pero con una presencia fortísima de la facción que encabezaba Segismundo Moret, de modo que, en la práctica, el partido estaba escindido en –al menos- dos partes. Entre junio de 1905 y enero de 1907 ejerció la titularidad del Gobierno, con las presidencias de Montero de los Ríos, Moret, López Domínguez, Moret (de nuevo) y el marqués de la Vega de Armijo (estos dos últimos duraron en total un poco más de un mes. En ese año y medio se sucedieron también seis gobiernos, porque Montero de los Ríos formó dos consecutivos).
Regresó el Partido Conservador en el conocido como “gobierno largo”, presidido por Maura y que llegó a octubre de 1909. En esta ocasión se esforzó en la regeneración de la Administración pública y en conseguir una integración de los regionalistas, como alternativa al fragmentado partido Liberal-Fusionista, igualmente, sin mucho éxito. Consiguió sólo maquillar, la llamada “cuestión religiosa”, que planteaba la adopción de medidas para acabar con las constantes intromisiones del clero en política (y por ende, en política de educación), postergándola del debate cotidiano, puesto que quedó latente y cerrada en falso.
El 9 de julio de 1909 los cabileños del Rif atacaron al destacamento de escolta de un grupo de trabajadores de las obras del ferrocarril de la línea Melilla-Beni-Bu-Ifrur, ejecutadas por una compañía de capital hispano-francés, en la que tenían intereses directos el Conde de Romanones (liberal) y el Segundo Marqués de Comillas (quien dio nombre a la Universidad Pontificia). Aunque se produjeron cinco muertos, en realidad se trataba casi de una anécdota, pero el gobierno de Maura vio, como afirmó el historiador William Harris, que España, y más específicamente su ejército, necesitaba recuperar frente al resto de las potencias su honor mancillado tras la Guerra de Cuba, por eso no dejó pasar la oportunidad de enfrentarse a un enemigo asequible. La llamada "Guerra de Melilla” no dejó de ser un simple desquite”. Reaccionó, pues, con medidas de guerra, movilizando a los reservistas desde la “quinta” de 1903. El regreso a filas seguía afectando, en su totalidad, a las clases populares, puesto que cabía eximirse con el pago de la “cuota” de 6.000 reales (1.500 pesetas), lo que era una cantidad muy importante si tenemos en cuenta que el jornal estaba en torno a los 10 reales diarios (60 a la semana). Para agravar más la situación la mayoría de los reclutados eran padres de familia cuyo trabajo era el único sustento de la misma.
El general Marina, gobernador militar de Melilla, aunque encontró resistencia, represalió duramente el ataque del 9 de julio ocupando el monte Gurugú y bombardeando la Armada la desembocadura del Kert. Por el despliegue de fuerzas alrededor de Melilla que ordenó, pidió refuerzos a la Península y se optó por enviar a la Brigada de Cazadores de Barcelona, que empezó a embarcar el 18 de julio ante airadas protestas populares. El 27 de julio, las tropas españolas sufrieron una emboscada al intentar un imprudente repliegue sin el apoyo de la artillería en el Barranco del Lobo, donde murieron 135 soldados (incluido el general Pintos que mandaba la columna) y fueron heridos 600. Desde el 9 de julio las bajas españolas entre muertos y heridos se elevaban a casi 1.300.
La oposición a la guerra por las fuerzas políticas no gubernamentales no se hizo esperar, especialmente por las organizaciones obreras que declararon el inicio de una huelga general para el día 2 de agosto. Pero en Barcelona se adelanta Moreno, de Solidaridad Obrera, a quien se une el socialista Fabra i Ribas y el anarquista Rodríguez Romero (no se unieron, pese a ser invitados, los partidarios de Lerroux), y convocan un paro de 24 horas para el lunes 26 de julio que, pese a salir el ejército a la calle, se produjo sin mayores incidencias. Al día siguiente, conforme llegan las noticias del desastre del Barranco del Lobo, la situación fue empeorando y de una inicial protesta antibelicista se derivó hacia una amplia insurrección anticlerical incendiándose centros de enseñanza, iglesias y conventos, profanando tumbas y extrayéndose los cadáveres de éstas con macabras exhibiciones en la calle. (Las grandes críticas al clero en la época y que tuvieron gran influencia social provenían, curiosamente por su falta de participación “oficial” en la huelga, del Partido Radical de Lerroux).
Declarada la Ley marcial, comenzaron los enfrentamientos entre el ejército y los insurrectos. No obstante, la fuerza de guarnición en Barcelona fue reticente a disparar contra los vecinos a quienes consideraban compañeros. El día 29 de julio llegaron columnas militares desde Burgos, Pamplona, Valencia y Zaragoza, reprimiendo la insurrección que quedó totalmente sofocada el sábado 31. El resultado fue trágico: 78 muertos (3 militares), 500 heridos y 112 edificios incendiados, de ellos 80 religiosos.
Inmediatamente comenzó una represión durísima y arbitraria que llevó a encausar a 1.725 personas, de las que 458 fueron condenadas, algunas a las graves penas de largos destierros (175), cadena perpetua (59) y de muerte (17, de las que se ejecutaron 5, entre ellas, las del director de la Escuela Moderna, Francisco Ferrer y Guardia, acusado de ser el jefe de la rebelión si bien su participación en los hechos es muy dudosa).
Entre tanto en Melilla, se adoptan medidas más cautas y se espera a que el contingente español estuviere suficientemente reforzado, superando a mediados de agosto los 35.000 efectivos y un importante número de piezas de artillería. Empieza entonces la pacificación de la zona, lo que se logra totalmente a finales de agosto.
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Vídeo-reportaje de fotografías sobre
el desastre del barranco de El Lobo
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Copla que quedó para la Historia:
En el barranco de El Lobo
hay una fuente que mana
sangre de los españoles
que murieron por su Patria.
("Canciones durante la Guerra Civil española")
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Número digital de La Vanguardia de
Barcelona de 1 de agosto de 1909.
(Recoje los suscesos de Barcelona
y del barranco de El Lobo)
Nota: del 27 al 31 de julio
no se publicó el periódico |
V. El primer cuarto del siglo XX: la Semana Trágica, la Gran Guerra y el desastre de Annual (II)
Ya hemos visto que Alfonso XIII, desde el inicio de su reinado, estaba decidido a “gobernar”, en vez de limitarse a “reinar” en el sentido de las monarquías constitucionales del siglo XX: ejercer un poder moderador desde la Jefatura del Estado. Es cierto que la Constitución de 1876 le permitía ejercitar facultades de gobierno, pero no es menos cierto que ese ejercicio no era el más recomendable como, a la postre, se pudo comprobar. Y es que, consciente del caciquismo y de la corrupción, quería huir de la realidad. Por tanto la frase que escribió en su diario de que también puedo ser un Rey que no gobierne, que sea gobernado por sus ministros y, por fin, puesto en la frontera, fue una premonición a sensu contrario, porque lo que sucedió fue, precisamente, que al final fue puesto en la frontera porque intentó gobernar él y no dejar esa tarea a ministros eficaces. En pocas palabras: su regeneracionismo resultó ser muy sui generis.
Aparentemente pacificado el territorio de Marruecos, las consecuencias de la Semana Trágica de Barcelona hicieron su presencia. La oposición parlamentaria encabezada por Moret, exigió intensa y vehementemente la dimisión del gobierno de Maura, convirtiéndose en un clamor generalizado, que fue recogido por la Corona al retirarle su confianza designado a Moret como Presidente del Consejo de Ministros, quien fue sustituido por el también liberal José Canalejas el 9 de febrero de 1910. Éste (con un breve paréntesis de un gobierno encabezado también por Moret) presidió tres gabinetes hasta su muerte el 12 de noviembre de 1912.
Eran objetivos principales de Canalejas el abordar la cuestión de las relaciones Iglesia-Estado, para lo que elaboró la llamada “ley del candado”, por la que establecía una moratoria de dos años (tiempo que se preveía necesario para la promulgación de una nueva Ley de Asociaciones) para la instalación de nuevas órdenes y congregaciones religiosas en España; el establecimiento de medidas equilibradoras de política social, como la abolición del impuesto de consumos y el establecimiento del servicio militar obligatorio universal, aboliendo el sistema de redención en metálico o de “cuotas”, ambas decisiones de amplio respaldo popular. Y, asimismo, trató de encauzar los asuntos regionalistas, abordando posibles reformas para la administración catalana, si bien en esta cuestión se vio ralentizado por las maniobras dilatorias de sus conmilitones ideológicos Romanones y Moret.
Pero no pudo ultimar sus objetivos. El día 12 de noviembre de 1912, era asesinado. El anarquista Manuel Pardinas Serrano apoyando la mano en el hombro de la víctima, le disparaba tres veces en la cabeza, mientras Canalejas miraba las novedades del escaparate de la librería San Martín de la Puerta del Sol semiesquina a la calle Carretas de Madrid. Se agotaba así la última oportunidad de llevar a la monarquía de la Restauración a la modernidad. Y es que lo que sobrevino fue una constante lucha cainita entre los líderes liberales para suceder a Canalejas, de un lado, y entre los conservadores de otro, para conseguir el correspondiente liderazgo. En el entorno liberal la pugna la protagonizaron el Conde Romanones y García Prieto. En el conservador, lo hicieron Maura y Dato, con el aliento del Rey, porque, cuando en octubre de 1913 el monarca llamó para la alternancia en el gobierno a un conservador, lo hizo en la persona de Eduardo Dato, prescindiendo de Maura. Se escindieron así los conservadores en dos facciones: los “idóneos” (como les llamó Maura por acomodarse a las intervenciones regias) y los mauristas.
Dato presidió el último gobierno “largo” del reinado de Alfonso XIII, hasta diciembre de 1915, durante el que se estableció la Mancomunidad de Cataluña (aunque no se satisfizo plenamente las pretensiones catalanistas).
Entre tanto la intelectualidad fue tomando un peso sin precedentes en su capacidad de influencia política, agrupándose en torno al profesor de Filosofía José Ortega y Gasset, quien el 23 de marzo de 1914 pronunció una conferencia titulada “Vieja y nueva política”, que conmocionó a la opinión pública. Su tesis básica era sencilla. Se imponía la necesidad de colmar el divorcio entre la España real (vital) y la oficial. Junto a Ortega (que no debe ser considerado perteneciente a ella) se posicionaron algunos de las mentes más destacadas de la generación del 98: Unamuno, Luis Araquistaín, Azaña, Manuel Aznar, Américo Castro, Salvador de Madariaga, Pérez de Ayala y Fernando de los Ríos. Se acercaron parcialmente al socialismo y, aunque luego se harían manifiestamente antimilitaristas tras los fracasos políticos del general Primo de Rivera, algunos (como Ortega) llegaron a exhortar la implantación de una dictadura militar.
La situación en Marruecos era de constante belicosidad. Ante ella los socialistas españoles mostraban su abierta oposición ante lo que consideraban (no sin razón) una sangría de hombres y dinero. Además ese pacifismo venía impuesto por la línea adoptada por la Internacional Socialista que se esforzaba al máximo por evitar el conflicto armado que se barruntaba en Europa. Pese a tales esfuerzos, los intereses imperialistas de Inglaterra y Alemania se enfrentaban cada vez más. Pero, el gran líder del socialismo francés y europeo Jean Jaurés, que era quien más representaba ese esfuerzo y que -tras el ultimátum de Austria sobre Serbia como consecuencia del atentado mortal del Archiduque Francisco Fernando en Sarajevo el 28 de junio de 1914- había llamado a los pueblos a unirse contra la “horrible pesadilla” que iba a suponer la "situación terrible" a que había llegado Europa por "la política colonial de Francia, la política hipócrita de Rusia y la brutal voluntad de Austria", era también asesinado el 31 de julio en el Café du Croissant de la calle Montmartre de París. Al día siguiente, El 1 de agosto de 1914, estallaba la I Guerra Mundial.
Pese a que el Rey, casado con una Reina de origen inglés e hijo de una Reina madre austríaca, supo guardar una exquisita neutralidad que adoptó el gobierno de Dato, y que se plasmó en una gran labor humanitaria en conexión con la Cruz Roja, la Gran Guerra profundizó aún más la división de los españoles. Las fuerzas progresistas tomaron abiertamente partido por los aliados, mientras que las conservadoras estaban partidas entre ambos bandos contendientes. En el Ejército y en la Armada, igualmente, las opciones eran suscritas por partes de uno y otra. No obstante mantuvieron una disciplinada neutralidad, salvo algunos casos destacados.
Esa neutralidad supuso, en un primer momento, un gran beneficio económico para España. Hubo un incremento enorme en la demanda de los productos españoles, lo que permitió reavivar el comercio y la industria. Pero duró bien poco y, a partir de 1917, comenzaron a sufrirse las consecuencias de tan penoso y triste acontecimiento para la humanidad. Además, la neutralidad ni fue tan beneficiosa como pudiera creerse a primera vista, ni pudo ser estricta. Por un lado, supuso el constreñir a su propio ámbito las tensiones políticas, lo que impidió tener al esfuerzo bélico como aglutinador patriótico ante un enemigo común, superándose las diferencias políticas; así como, el sufrir las consecuencias de una derrota (y una más que posible revolución social de grandes dimensiones) o el disfrutar de los beneficios de la victoria. Y de otro lado, porque, la presión de Alemania (a través del grupo Mannesmman) sobre el territorio de Marruecos donde quería establecer un protectorado encubierto, hubo de ser rechazada por España y supuso un acercamiento a Francia, con la que compartía intereses más afines. Ello conllevó que la situación fuese propicia para que en Marruecos se mantuviera un enfrentamiento bélico constante con España.

Ilustración obtenida del Web de la Universidad Carlos III, en sus páginas dedicadas a los lugares de "memoria en Madrid", que representa el asesinato de Canalejas el 12 de noviembre de 1912, a disparos del anarquista Manuel Pardinas Serrano, frente al escaparate de la librería San Martín de la Puerta del Sol, semiesquina con la Calle Carretas de Madrid.
Número de La Vanguardia de 13 de noviembre de 1912
V. El primer cuarto del siglo XX: la Semana Trágica, la Gran Guerra y el desastre de Annual (III)
La estrategia de guerra submarina adoptada por Alemania contra los aprovisionamientos de Gran Bretaña supuso el hundimiento por el submarino U-20 del buque británico Lusitania, en el que perecieron 1.198 personas, de ellas 124 estadounidenses, el 7 de mayo de 1915. Con este hecho como excusa principal (¡casi dos años después, el 2 de abril de 1917!) EE.UU. declaró la guerra a Alemania y con su participación en el conflicto mundial cambió definitivamente y desde tal fecha la Historia de la humanidad, conjunta y paralelamente, con el otro suceso de enorme transcendencia en el mismo año: la revolución rusa de octubre de 1917 (con base en la de Petrogrado de febrero de ese año) y nacimiento a la realidad gubernamental de los regímenes sociopolíticos inspirados en el socialismo marxista.
Y fue, precisamente, a partir de 1917, cuando la situación en España empeoró y devino, de nuevo, en insostenible. La llamada crisis de subsistencia que afloró como consecuencia de la caída en la demanda de los productos españoles por los países beligerantes y el previsible final de la I Guerra Mundial, tuvo como consecuencia una pérdida de capacidad adquisitiva económica desmesurada de las clases populares, en las que hay que incluir a funcionarios y sobre todo (por las consecuencias ulteriores), a los militares.
Los profesionales del Ejército y de la Marina entraron en una situación de disputa constante por los ascensos jerárquicos, a fin de alcanzar mejores retribuciones. Rivalidad que resultaba prácticamente individualizada, por la natural intención de alcanzar la propia mejora económica sin que importase el detrimento del resto, porque la única vía que se daba por accesible era el ascenso de rango, que habitual y tradicionalmente se conseguía por el requisito de veteranía o antigüedad. Lo que sucedió fue que la situación de guerra constante en Marruecos vino a dar relevancia a un mérito de promoción profesional que, hasta entonces, estaba casi reducido a la mera anécdota por heroicidad: el conseguido por la mera participación (destacada o no) en campaña militar. Así que se generó un abismo divisorio entre los militares con destino en África (donde se podían alcanzar tales méritos) y los que se encontraban destinados en el resto de España. Comenzó la guarnición de Barcelona oponiéndose a tal sistema de ascensos contrarios a los tradicionales de antigüedad, procediéndose a crear las primeras (y clandestinas) Juntas de Defensa de las armas de Infantería y de Caballería, como órganos de protección de los métodos tradicionales de administrar la organización y promoción de la carrera militar. El caso fue que nació una especie de asociacionismo cuasi sindicalista en el que se elaboró un “cóctel” de patriotismo y regeneracionismo sui generis impropio que, lejos de alcanzar altruistamente el progreso y mejora de España como parecía intentar, se concentró principalmente en ventilar individualmente problemas y cuestiones profesionales. El Gobierno trató de abortar este asociacionismo pero -sorprendentemente- el Rey no apoyó tal intento, con lo que los militares promotores se vieron reforzados en sus intenciones. En el enfrentamiento institucional (con ultimátum y todo al Gobierno por parte de los militares, en el conocido como Manifiesto del 1 de junio, tras ciertos arrestos de días anteriores por una clara insubordinación de los arrestados) entre los “junteros” y el Gobierno de García Prieto (liberal), salieron reforzados aquéllos, dimitiendo éste y aceptando el nuevo Gobierno que formó Dato (tratando de evitar –es de presumir- un pronunciamiento militar) las peticiones de las Juntas de Defensa. Como consecuencia, los militares volvían a empezar a tener un peso decisivo en cuestiones de oportunidad política, además respaldados por intelectuales como Ortega y Gasset que en y para tal ocasión, escribió el célebre artículo Bajo el arco en ruina, en el que consideraba que la insubordinación militar contaba con el apoyo popular y que el poder legítimo sólo radicaba ya en el Ejército (…hace una semana –afirma en el citado artículo- que la forma de Gobierno ha cambiado en España. El poder eficiente reside en las Juntas de Defensa del Arma de Infantería. Con un bello nombre clásico diremos que vive España bajo el gobierno de los hoplitas…), planteando como única solución la convocatoria de elecciones a Cortes Constituyentes. Ese estímulo a un pronunciamiento militar por parte de Ortega y Gasset, no sólo no debe hoy asombrarnos, sino que nos demuestra que el estado de desesperación era descomunal.
Con unas Fuerzas Armadas de tan fácil insubordinación y que, como se ha visto, la sustentaba ahora como una consecuencia subjetiva de lo que llamaron “un malestar crónico” y que objetivamente lo era por esa pésima situación socio-económica que soportaba España, unido (claro está) a la actitud intervencionista tradicional del estamento militar en asuntos políticos-gubernamentales, el régimen se continuaba deteriorando. Lo triste desde nuestra perspectiva, es que ese ilegítimo posicionamiento del Ejército, era visto con buenos ojos (por razones distintas pero convergentes) por la opinión pública en general y de las organizaciones políticas de la oposición en particular. Pero no era ese un hecho aislado. El mismísimo ex presidente Maura –como hemos insinuado antes- se posicionó en contra de la situación gubernamental, aún incluso cuando en ella se encontraban sus antiguos correligionarios conservadores. Por supuesto estaban en contra también los socialistas y -aun con la Mancomunidad de Cataluña constituida- la burguesía catalana, porque aquélla no fue configurada con suficientes miras de éxito. Y, al igual que la cuestión militar se agravó en Cataluña, la civil, asimismo, se germinó en ella.
Las discrepancias entre las competencias legalmente ejercitables por la Mancomunidad de Cataluña y las aspiraciones de los catalanistas, hizo solicitar al líder de la derecha catalanista Francesc Cambó a Eduardo Dato la reapertura de las sesiones de las Cortes, suspendidas desde el 26 de febrero por Romanones. Ante la negación a tal petición por parte del Presidente del Consejo de Ministros, Cambó reaccionó amenazando con convocar una asamblea extraordinaria de parlamentarios si no se consideraba su solicitud. Y como no se reanudaron las sesiones del Parlamento, Cambó convocó tal asamblea de diputados y senadores para el 19 de julio en Barcelona, donde se constituyeron 13 senadores y 55 diputados tanto regionalistas catalanes como reformistas de Melquiades Álvarez, el socialista Pablo Iglesias y radicales seguidores de Lerroux. Sólo pudieron acordar constituirse en Madrid, con el más amplio respaldo posible, para el 30 de octubre, pues fueron disueltos pacíficamente por orden del gobernador de Barcelona.
Entretanto, desde marzo de 1917, el socialismo español tenía acordado preparar una huelga general indefinida para agosto. Publicaron un manifiesto en el que criticaban durísimamente tanto a la situación social como a las instituciones del Estado, empezando por la Corona. El 17 de julio los movimientos sindicalistas hicieron público un listado de exigencias que abarcaban desde el reconocimiento de la acción sindical a la disolución del ejército y el derrocamiento de la monarquía, pasando por un amplio número de medidas socio-laborales como la jornada de 7 horas. A tales pretensiones huelguistas se adhirieron los anarquistas, pero existían grandes diferencias entre las organizaciones obreras. Así, en la noche del 18 al 19 de julio de 1917, se inició en Valencia una huelga de ferroviarios de la Compañía de Caminos de Hierro del Norte de España a la que se sumaron los trabajadores del puerto. El Gobierno la reprimió con dureza, produciéndose en los enfrentamientos dos muertos, muchos heridos y muchas más detenciones y, además, la Compañía no consintió en restablecer la normalidad permitiendo la vuelta al trabajo de todos los obreros, por lo que desde Valencia se extendió la situación al resto de la zona de influencia de la Compañía ferroviaria, de modo que el 10 de agosto (tres días antes de la fecha prevista para iniciar la huelga general, el 13 de agosto) todos los trabajadores de la red ferroviaria de la Compañía del Norte se declararon en huelga. El comité de la huelga general, integrado por Largo Caballero y Anguiano por UGT, y por Besteiro y Sabonit por el PSOE, perdió (si es que lo tuvo alguna vez) el control de la huelga, produciéndose violentísimos enfrentamientos en los que murieron (según datos oficiales, aunque es presumible que fueran más, de ellos siete en Yecla) setenta y una personas, resultando cientos de heridos (en Asturias la represión fue durísima). En todo caso, el movimiento revolucionario que pretendía avivar la huelga general resultó un fracaso, pues –pese a que muchas de sus demandas coincidían con las de la asamblea de parlamentarios de Cambó y de los militares “junteros”- tanto la burguesía catalana como la del resto de España (temerosa de que la revolución social le resultara más perjudicial que la corrupción e ineptitud de la Restauración) no sólo se apartó sino que se posicionó en su contra, de modo que el propio ejército fue quien la reprimió. El Gobierno pues, pudo controlar la situación y los miembros del comité de huelga fueron condenados a muerte (posteriormente fueron amnistiados), pero quedó muy desprestigiado. El 27 de octubre de 1917, Dato presentó su dimisión.
Le sucedió en el Gobierno el liberal García Prieto, que formó un esperanzador gobierno de “concentración”, en el que participaron regionalistas de Cambó y reformistas de Melquíades Álvarez y en el que, por primera vez, desempeñaba la cartera de Guerra un civil: el muleño Juan de la Cierva y Peñafiel. Sin embargo, las graves discrepancias entre éste y el Presidente, junto con la sustentación política ficticia del mismo, provocó la caída del Gobierno el 22 de marzo de 1918 y con ella, la mayor crisis conocida por Alfonso XIII, quien amenazó con abdicar si no se unían las distintas y numerosas “familias” conservadoras y liberales, así como el resto de fuerzas integradas en el régimen, para dar solución a la tremenda crisis político-económica que se soportaba. Tras diez años apartado de la vida política (por el mismo Rey, como dijimos) Maura volvió a la Presidencia del gabinete, en el que participaron distinguidas personalidades de todos los sectores, como Alba (en el Ministerio de Instrucción) o Cambó (en el de Fomento), por lo que se denominó Gobierno Nacional. Pero ni así se solucionaban los problemas. La división entre los conservadores continuaba y la pugna entre Maura y Dato era clamorosa. La disparidad de criterios en relación con los contendientes de la Gran Guerra y las posturas centralistas radicales frente a las autonomistas de Cambó hicieron saltar de nuevo por los aires al Gobierno siete meses después. Desde el 9 de noviembre de 1918, hasta septiembre de 1923 se sucedieron 11 gobiernos, la mayoría de ellos presididos por los líderes de las distintas facciones conservadoras, que iban aportando su grano de arena a la lenta e inevitable descomposición del Régimen.
V. El primer cuarto del siglo XX: la Semana Trágica, la Gran Guerra y el desastre de Annual (y IV)
Desde 1913 hasta 1918, el territorio del protectorado español de Marruecos, con capital en Tetuán y que estaba dividido en tres zonas: las comandancias generales de Larache, Ceuta y Melilla, mantuvo una situación sin grandes cambios, en anuencia con el jefe principal de las cábilas rifeñas, El Raisuni. A partir de 1918 se acometió un supuesto plan de pacificación definitiva que pretendía usar tanto la negociación como la fuerza. Para ello el Alto Comisario, el general Berenguer, sometió las cábilas de Anyera (1919) y de la Yebala (1920), tomando la ciudad de Xauen, lo que permitía impedir la comunicación de El Raisun i con el Rif. Pero la pacificación no era real ni la conexión entre las comandancias de Ceuta y Melilla por el interior era existente. Operaba por la zona oriental el rifeño Abd El-Krim, que acaudillaba a la cábila más belicosa y mejor organizada de todas: la de Beni Urriagel. El general Fernández Silvestre estableció una línea de posiciones que dispersaba a la fuerza bajo su mando y hacía difíciles los abastecimientos y débil (por estar aisladas) la defensa de tales emplazamientos.
Y, como manifestación de una trágica costumbre, se produjo un nuevo magnicidio. A las veinte y veinte horas del 8 de marzo de 1921 fue asesinado Eduardo Dato, Presidente del Consejo de Ministros. Otra muestra de la paradoja española: el impulsor del Instituto Nacional de Previsión (que presidió) y de la legislación social más avanzada pues fue el “padre” de la Ley de Accidentes del Trabajo y, como consecuencia, precursor de las mutuas de accidentes de trabajo y de la Seguridad Social, fue acribillado a balazos por los anarcosindicalistas catalanes Pedro Mateu y Lluis Nicolau, que dispararon desde una moto con sidecar que conducía Ramón Casanellas a la altura de la madrileña Plaza de la Independencia (junto a la Puerta de Alcalá) cuando se dirigía en el coche oficial desde el Senado a su domicilio.
En el primer interrogatorio Mateu confesó: yo no he matado a Dato sino al Presidente del Consejo. He hecho justicia, ahora que la hagan conmigo. La motivación política del atentado estaba escudada en la dura represión que el gobernador civil de Barcelona, Martínez Anido, había dirigido en el constante conflicto colectivo que padecían patronos y sindicatos, llegando a aplicar la Ley de Fugas contra los líderes sindicalistas.
Le sucede en la Presidencia su antecesor, Manuel Allendesalazar, quien forma un nuevo gobierno de concentración de tendencia conservadora. Pero la situación de desprestigio político era extrema. El 23 de mayo en Córdoba, Alfonso XIII llegó a decir que estaba dispuesto a vencer todos los obstáculos que la política apasionada y censurable oponía al progreso y bienestar de España, para afirmar que el Rey, dentro o fuera de la Constitución, se impondría y sacrificaría por el bien de la patria. La idea dictatorial asomaba, pues, a la realidad.
Para colmo y más desgracia la situación militar en Marruecos devino en desastre. El 1 de junio de 1921 una columna de 1.400 hombres ocupó Monte Abarrán (en contra o -al menos- sin el consentimiento del general en jefe y Alto Comisario, Berenguer), que fue contraatacado y recuperado por los marroquíes rápidamente, con pérdida de piezas de artillería. No obstante ello, el 7 de julio, Silvestre fijó un nuevo puesto avanzado en Igueriben. Pero, el 16 de julio, el convoy de abastecimiento que trataba de llegar al puesto avanzado, fue detenido por el ataque de las fuerzas de Abd el Krim y sólo al día siguiente pudo llegar una pequeña parte de ese abastecimiento. La guarnición de Igueriben trató de replegarse en la noche del 20 al 21 de julio, llegando sólo hasta Annual 25 de los 300 hombres que la formaban, pese a que el propio general Fernández Silvestre dirigió las operaciones de rescate. Al día siguiente los rifeños atacan en Annual al grueso del ejército español con una exitosa combinación táctica, que desborda a una fuerza española que se deja llevar por el pánico, sin ejecutar debidamente el repliegue sobre Izumar y Ben-Tieb ordenado por el general Silvestre que cae enloquecido sin que fuere encontrado su cadáver. En la desbandada (según datos oficiales) 2.500 españoles mueren en lo que fue más para los rifeños una “cacería” que un combate. A tales bajas hay que añadir los 1.500 soldados de las posiciones circundantes. Los pocos que alcanzan Monte Arrauit se unen a la resistencia que plantea el general Navarro. El 2 de agosto se había rendido Nador y el 3 lo hizo Zeluán, por lo que la suerte de Monte Arrauit estaba echada y el 9 de agosto, después de perder el 90% de sus 3.000 hombres, Navarro fue autorizado por Berenguer a rendir la posición. Melilla quedaba al alcance de Abd el-Krim. La llegada de Sanjurjo con tropas de refuerzo impidió su pérdida. El llamado “desastre de Annual” (referido a todos los combates y operaciones) costó unas 9.000 vidas españolas (en muchos casos con muertes espantosas pues, salvo en Nador, los rifeños no respetaron los términos de las capitulaciones); supuso la pérdida de una enorme cantidad de pertrechos militares y, con el territorio, infraestructuras como líneas férreas, telegráficas, hospitales, colegios, etc.; así como –y obviamente- conllevó un colosal deterioro de las instituciones políticas y militares.
Cayó el gobierno de Allendesalazar, sucediéndole Maura en la Presidencia, quien volvió a nombrar ministro de la Guerra a Juan de la Cierva. Éste ordena reunir un importante ejército para comenzar la contraofensiva y, al mando de Sanjurjo, comienzan las operaciones el 8 de septiembre, en las que destaca la recién formada Legión, que reconquista el mítico Gurugú.
El general Cabanellas dirige entonces una carta abierta hipercrítica a las Juntas de Defensa, en la que llega a afirmar que acabamos de ocupar Zeluán, donde hemos enterrado 500 cadáveres de oficiales y soldados (…). Creo a ustedes los primeros responsables, al ocuparse sólo de cominerías, de desprestigiar al mando y alcanzar en los presupuestos aumentos de plantilla, sin preocuparse del material que aún no tenemos ni de aumentar la eficacia de las unidades. Han vivido ustedes gracias a la cobardía de ciertas clases que jamás compartí.
Y es que en la recuperación del territorio de la zona, las tropas de Sanjurjo y Cabanellas dieron sepultura a miles de cadáveres, muchos de ellos mutilados y en avanzado estado de descomposición, devorados por buitres y cuervos, produciendo una grave impresión en los observadores, que transmitieron a la península tan trágicas noticias. Indalecio Prieto manifiesta en las Cortes: estamos en el periodo más agudo de la decadencia española. La campaña de África es el fracaso total, absoluto, sin atenuantes, del ejército español.
El recuperar la zona de defensa de Melilla con la reconquista de Dar Drius y, sobre todo, de Tazarut (capital de El Raisuni) el 12 mayo de 1922, no supuso el olvido y toda España exigió responsabilidades. Es entonces cuando Miguel Primo de Rivera, capitán general de Madrid, es cesado fulminantemente por defender que Ceuta y Melilla debían cambiarse por Gibraltar, sin malgastar ni un céntimo más ni un soldado más al otro lado del estrecho. No obstante fue al poco tiempo nombrado capitán general de Barcelona, donde aumentó su popularidad. El 8 de marzo había caído el último Gobierno que presidiría Maura y que había decidido preparar el desembarco de Alhucemas. El gobierno sucesor, presidido por el conservador Sánchez Guerra, apartó el plan sobre el desembarco (llamado “Pizarra” porque se acordó en una reunión celebrada en ese pueblo malagueño) y avivó el espíritu antimilitarista al remitir al Congreso el expediente “Picasso” sobre las responsabilidades derivadas del desastre de Annual, por cuyos debates indirectamente presentó la dimisión y el 7 de diciembre de 1922 le sustituyó el liberal García Prieto, quien presidiría el último gobierno constitucional de la Monarquía de la Restauración.
El desastre de Anual y sus consecuencias, el gravísimo malestar en los ejércitos; y, especialmente, la conflictividad social con manifestaciones violentas constantes y de todo tipo, fueron preparando el camino para el golpe que se avecinaba. La huelga de transportes de mediados de mayo en Barcelona llevó a extremos la situación, con multitud de atentados y el desabastecimiento de la capital catalana, además de problemas en los servicios de recogida de residuos, etc. Y, ante tal situación, el capitán general de Barcelona, Miguel Primo de Rivera, comenzó a intervenir. En un primer momento, trató de alcanzar un entendimiento entre patronos y trabajadores, pero los asesinatos ocurridos a finales de mayo y principios de junio (9 en total) y el claro enfrentamiento entre Primo de Rivera y el Gobernador civil, Francisco Barber, hizo que fueran llamados a Madrid. Primo de Rivera aprovechó el viaje para realizar varios contactos preparatorios de un golpe de estado. El general más prestigiado era Aguilera (Presidente del Consejo Supremo de Guerra), pero entre que era de tendencia republicana, adoptó una postura vacilante, y que su enfrentamiento con Sánchez Guerra y el procesamiento de Berenguer le restaron popularidad y le sumaron críticas desde el Ejército (sobre todo el de África), quedó autoapartado para liderar el movimiento golpista.
Sí se unieron Berenguer, Saro y Dabán; y con ellos el gobernador militar de Madrid, el africanista Duque de Tetuán. En la iniciativa, curiosamente, se unieron “junteros” y “africanistas”. Aunque, realmente, tal unión sólo era superficial, pues ambos posturas pretendían diferentes resultados. Aquéllos pretendían un cambio hacia una mayor democracia y una mejora de las cuestiones sociales. Éstos, un gobierno fuerte (aunque no fuese militar) dentro de la Constitución. Desde estas primeras diferencias se germinaron los graves enfrentamientos posteriores.
La favorable opinión pública a favor de una dictadura que apoyaba, incluso, Ortega y Gasset y el propio Antonio Maura -inequívocamente proconstitucional hasta entonces- quien aconsejó al Rey sobre la posibilidad de que gobernaran provisionalmente los militares, fueron determinantes. Y, aunque Alfonso XIII no alentó ni participó en la trama, no se opuso a ella cuando fue advertido, limitándose a dar vaga cuenta al Presidente del Consejo de Ministros. Aquél verano de 1923 la Constitución de 1876 agonizó.
Mapa del Protectorado Español de Marruecos, obetenido de la página del profesor Don Luis José Sánchez Marco, "Historia del Mundo Contemporáneo".
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VÍDEO-REPORTAJE SOBRE EL
DESASTRE DE ANNUAL

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ENTREVISTA A UN TETIGO DE ANNUAL
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VÍDEO-REPORTAJE SOBRE EL
DESASTRE DE MONTE ARRAUIT
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UNA HUÍDA HACIA ADELANTE: LA DICTADURA
VI. Los Directorios militar y civil. Delenda est Monarchia. (I)
Cuando el general Primo de Rivera regresa de su viaje a Madrid el 23 de junio de 1923 (del que había salido victorioso de su pugna con el Gobernador civil, Francisco Barbe y que fue destituido, sustituyéndole Portela Valladares, quien consiguió acabar con la huelga de transportes, pero no pudo frenar ni la violencia callejera ni los atentados, que siguieron produciéndose), fue recibido en Barcelona con una gran manifestación de entusiasmo y adhesión popular, por cuyos vítores tuvo que salir varias veces al balcón de Capitanía para saludar a las miles de personas que le aclamaban, lo que nos da una idea de las esperanzas que –al menos en Barcelona- suscitaba el Marqués de Estella. En la mañana del mismo día de su llegada se había producido un atentado con bomba con el resultado de un herido, y dos días antes habían sido asesinados el ex concejal de la Lliga Regionalista, Joaquín Albiñana y el patrono carretero Juan Pons.
La burguesía catalana y la Iglesia demandaban a Primo de Rivera un pronunciamiento inmediato. La verdad es que la inexistencia de orden público producía una situación socialmente asfixiante, pero el general fue aplazando el pronunciamiento tratando de ampliar su círculo de adeptos, incorporando a los generales López de Ochoa y Sanjurjo, entre otros. Mientras tanto, la opinión pública reclamaba más o menos veladamente, la llegada de la solución militar. El artículo de Ortega y Gasset La hora de Hércules, publicado en El Sol el 20 de febrero de 1920, recobró una vigencia reforzada, generalizándose las críticas a los políticos “profesionales”.
El 23 de agosto se produjeron graves incidentes en Málaga entre las tropas que iban a ser embarcadas para Marruecos. A su consecuencia, la crisis ministerial se desencadenó el 1 de septiembre y, ante ella, Primo de Rivera quedó decididamente resuelto a pronunciarse. El 12 de septiembre se aseguró la participación de la guarnición de Madrid (donde Calvanti era su mayor entusiasta); y, el 13 de septiembre dictó su famoso manifiesto, que (sin tapujos) empieza reconociendo la ilegalidad de su acto pues en él afirma que ha llegado para nosotros el momento, más temido que esperado (porque hubiéramos querido vivir siempre en la legalidad y que ella rigiera sin interrupción la vida española), de recoger las ansias, de atender el clamoroso requerimiento de cuantos amando la patria no ven para ella otra salvación que libertarla de los profesionales de la política, (…). Rápidamente se adhieren al golpe –activa o pasivamente- las demás Capitanías generales y Comandancias militares. El Presidente García Prieto, que conoce desde la noche del 12 de septiembre por el propio Capitán general de Madrid, el general Muñoz Cobos, el inmediato pronunciamiento, trata de evitarlo aunque sin la firmeza y fuerza necesarias; de modo que el Rey, que ha regresado urgentemente desde San Sebastián, definitivamente le disuade, presentando García Prieto la dimisión.
Sobre las once de la mañana del día 14, el general y el Rey se comunican telefónicamente, acordando la entrega del poder gubernamental. Sin apenas oposición, la opinión pública aplaudió el golpe. Ortega y Gasset escribió el 27 de septiembre en El Sol que apoyaba leal y resueltamente esta situación: primero porque era la única posible, y segundo porque empieza a cumplir nuestro programa… El 17 de noviembre corroboró su apoyo en un extenso artículo que tituló Sobre la vieja política.
Al respaldo de la Corona y el unánime del Ejército, en un primer momento, se sumaron los mauristas (cuyo líder informó a favor, como hemos visto) la Unión Monárquica Catalana, la Lliga Regionalista, terratenientes y latifundistas andaluces, castellanos y catalanes. Las burguesías catalana, andaluza, castellana, leonesa, aragonesa, asturiana y gran parte de la vasca. Colaboró la Grandeza de España y la nobleza en general, las asociaciones patronales y las Cámaras de Comercio, Industria y Navegación; e –incluso- algún sector de la UGT.
El Directorio Militar, presidido por Primo de Rivera (quien juró ante Alfonso XIII como Presidente del ejecutivo, para dar cierta apariencia de legalidad y asumir la responsabilidad de los actos de gobierno mediante el refrendo, salvando así supuestamente la del Rey) estaba compuesto, en calidad de vocales, por ocho generales de brigada de todas las armas y cuerpos y un contralmirante. Lo primero que dispuso fue el declarar el estado de guerra y disolver a las Cortes. Se propuso solucionar los problemas que consideraba habían hecho quebrar al régimen: el orden público, el caciquismo, las responsabilidades militares, Marruecos, los nacionalismos… Y su política se concebía como un populismo que pretendía hacer converger a la España “real” con la “oficial”, creando un puente entre ambas de modo que quedaran identificadas salvando la enorme distancia que las separaba.
Para comprometer a la sociedad con las actuaciones de orden público, por Real Decreto de 17 de septiembre de 1923, se creó el Somatén Nacional, a imagen y semejanza del que existía en Cataluña. Esta “milicia armada” tenía como objetivo la salvaguarda de la justicia, el orden y la paz. Lo cierto es que fue una efectiva colaboradora con la durísima represión que se ejerció contra los anarquistas (en mayo de 1924 la CNT fue declarada ilegal con la necesaria reacción que ello supuso a la larga) y contra el catalanismo. La represión contra el nacionalismo catalán fue sorprendente y –a la larga- nefasta. La burguesía nacionalista catalana no sólo había apoyado, sino que había alentado el golpe militar, tratando a Primo de Rivera (como hemos visto) como a un césar, pero pronto se dio cuenta que las ideas no convergían.
Y es que, una las primeras medidas que adoptó el directorio (el 18 de septiembre) fue prohibir el uso del catalán y de la lengua catalana en actos públicos, disolviendo las organizaciones y agrupaciones nacionalistas y a los ayuntamientos. Dos meses después –en diciembre- se suspendió la enseñanza de la lengua, literatura e historia catalanas, se volvieron a rotular las calles sólo en castellano e incluso se impidió que los comerciantes anunciaran sus productos en catalán. Igualmente clausuró las sedes del Partido Nacionalista Vasco y de su periódico Aberri.
En enero de 1924, el Directorio, acordó disolver a las diputaciones provinciales (excepto las de las tres provincias vascongadas y Navarra) y –por tanto- a la Mancomunidad Catalana. Pero no se quedó ahí. Clausuró temporalmente el C.F. Barcelona, al Orfeón Catalán y ¡desterró a toda la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados de Barcelona!
Con estas medidas, el problema nacionalista no se resolvió. Simplemente quedó ocultado por la represión. Además, la Lliga –cuya líderes de la burguesía catalana colaboraron en las medidas económicas de la Dictadura- resultó gravemente desprestigiada, radicalizándose el movimiento nacionalista y alentándose al republicanismo catalán.
Sobre la cuestión de las responsabilidades derivadas del desastre de Annual (que el Dictador había determinado en su manifiesto de 13 de septiembre encargar a “tribunales de autoridad moral y desapasionados”) el Consejo Superior de Guerra y Marina, bajo la presidencia del general Weyler, el 23 de junio de 1924 dictó sentencia por la que absolvía al general Navarro y separaba del servicio a Berenguer. Parecía que este tema no quedaba cerrado en falso.
Y, en cuanto al caciquismo, como quiera que su mayor forma de manifestación fue a través de las elecciones, cuando en noviembre de 1923 se cumplió el plazo que la Constitución establecía para convocarlas, no lo hizo. Curiosa forma de ocultar el problema y, sin duda, una clara señal de que el Dictador no valoraba en nada que se dieran ciertas apariencias de constitucionalidad para legitimar a su mandato.
VI. Los Directorios militar y civil. Delenda est Monarchia. (II)
Entre tanto la situación en Marruecos era de verdadera guerra, en el sentido más propio de la palabra. Ya apuntamos que el gobierno de Maura estaba dispuesto en febrero de 1922 a una gran acción bélica, pero el de Sánchez Guerra que le sustituyó “aparcó” la iniciativa, potenciando una política de pactos. Tal situación fue aprovechada por Abd el-Krim para aumentar sus efectivos y sus pertrechos militares, consiguiendo una capacidad militar verdaderamente considerable. Y (he aquí uno de otro de los muchos ejemplos de que está plagada la Historia de España en cuanto a sus grandes contradicciones) el general Miguel Primo de Rivera, que fue fulminantemente cesado como Capitán General de Madrid porque se pronunció manifiestamente a favor de abandonar Marruecos, a raíz de un enfrentamiento con el –entonces- Teniente Coronel Francisco Franco en una visita que realizó en julio de 1924 al Protectorado, cambió 180 grados su rumbo estratégico sobre el grave problema.
Además, Abd El-Krim, consiguió hacer prisionero a su rival, compatriota y ancestral caudillo rifeño El Raisuni, de modo que se erigió en Presidente de la República del Rif, que proclamó, sin ambages, para todo el Protectorado (fuere español o francés) y que comenzó a ejercer efectivamente en la llamada zona “liberada” del nordeste. El día 9 de abril de 1925 atacó seriamente a la zona francesa. Ese fue su error.
Con inusitada rapidez, Francia (que hasta entonces miraba de soslayo la sangría que padecía el ejército español en Marruecos) convino con España el anisado y masivo desembarco en Alhucemas de las tropas españolas y el avance simultáneo de las francesas desde sus posiciones. Directamente Primo de Rivera y el general francés Petain, dirigieron las operaciones.
El 8 de septiembre de 1925, con la preparación y protección artillera de la Armada española -reforzada con buques de guerra de la escuadra francesa- y de la Aviación militar, establecieron una cabeza de puente en Alhucemas que permitió que al mando del General Sanjurjo, unos 18.000 hombres fuertemente armados, desembarcaran (no sin grandes dificultades pues gran parte de la zona de desembarco estaba minada y en la que restaba las rocas dificultaron el acercamiento de las barcazas) en la bahía de Alhucemas, en menos de veinticuatro horas. Los principales buques de guerra españoles participantes fueron catorce : los acorazados Jaime I y Alfonso XIII; los cruceros Méndez Núñez, Blas de Lezo, Victoria Eugenia y Extremadura; los cañoneros Cánovas del Castillo, Canalejas, Dato, Lauria, Laya, Recalde y Almirante Bonifaz; y, el portahidroaviones Dédalo. Así como once guardacostas, seis torpederos de la clase T1, siete guardapescas, dos aljibes, cuatro remolcadores, veintisiete transportes y veintiséis barcazas de desembarco. Francia aportó el acorazado París; los cruceros Metz y Strasbourg; los torpederos Anammite y Tonkionis; y, dos “avisadores” y un remolcador.
La Aviación española participó con las siguientes fuerzas (al mando del general Soriano): 3 escuadrillas (con sendos grupos, cada una de reconocimiento y bombardeo); 6 hidroaviones de caza y 6 de bombardeo; un globo cautivo, 1 dirigible semirrígido; y, 2 aviones Junkers F-13 de la Cruz Roja. Las fuerzas francesas aportaron una escuadrilla de bombardeo.
Unas fuerzas abrumadoras ante las más que respetables rifeñas, que en unos quince días tomaron Axdir (que era la capitalidad de Abd El-Krim), consiguiendo que, a primeros de octubre, la situación estuviere claramente decantada a favor de los aliados hispano-franceses, y en cuyo contexto se ejecutaron acertadísimas actuaciones militares en tierra y/o de gran heroicidad, como la defensa de Kudia Tahar, que impidió la caída de Tetuán días antes del desembarco y, con ello, que no se produjeran fisuras en el conjunto de la campaña.
Acorralado y sin otra posibilidad, Abd El-Krim pactó su entrega con los franceses (en España hubiese sido condenado a muerte con toda seguridad) el 27 de mayo de 1926, dándose así finiquito a tan largo, costoso y sacrificado conflicto.
La Dictadura alcanzó en ese momento su más alto grado de popularidad y respaldo generalizado. El prestigio alcanzado con la liquidación de la guerra de Marruecos fue enorme. Sin embargo, empezó a perderlo vertiginosamente.
Barcazas de desembarco tipo K de 300 Tn. en Alhucemas.
Fue la primera operación anfibia con éxito con esas lanchas, que habían fracasado estrepitosamente
en la Primera Guerra Mundial en el desembarco de Gallipolli (batalla de los Dardanelos).
Vídeo sobre el desembarco de Alhucemas:
Nota: los comentarios de este vídeo me parecen excesivamente propagandísticos, pero no cabe duda de que las imágenes son Historia).
VI. Los Directorios militar y civil. Delenda est Monarchia. (III)
Como dijimos, con la solución de la guerra de Marruecos, la Dictadura vivió su período de mayor prestigio. En esa envoltura de éxito, Primo de Rivera planteó crear un nuevo orden constitucional. Ya desde los primeros momentos de la Dictadura, se fundó la Unión Patriótica, que era una especie de partido político que trataba de dar respaldo social al dictador con carácter inmediato, y fundamentar un sistema que superara al de la Restauración.
El 3 de diciembre de 1925, Primo de Rivera nombra un nuevo Directorio, en el que la mayoría de sus miembros son civiles. De este modo la Dictadura trataba de alejarse de la idea inicial de provisionalidad, para asentarse de modo estable y estructural en el Estado. Así que desde 1926 hasta 1928 los esfuerzos tendieron a la creación de un nuevo Estado. En septiembre de 1927, constituyó la Asamblea Nacional consultiva, con el encargo de preparar una nueva estructura política comenzando por una Constitución.
Compuesta por 400 miembros, fundamentalmente de la Unión Patriótica, contaba también con representantes de muy diversas tendencias políticas, como De la Cierva, Bugallal y Maura –de la Restauración-, o socialistas como Besteiro, De los Ríos, Largo Caballero o Llaneza. Tras un año y medio de sesiones, elaboró un anteproyecto de Constitución en la que se establecían un Consejo del Reino y unas Cortes, si bien no se reconocía la soberanía popular ni la división de poderes; y, aunque el parlamento podía legislar, lo era conjuntamente con el Rey quien, además, ostentaba el poder ejecutivo y podía influir directamente en el judicial. Se pretendía sustituir el sistema político anterior, por un parlamentarismo corporativo, mediante una democracia orgánica. Pero el proyecto no tuvo éxito. Alfonso XIII, desde el primer momento, no reconoció a la Asamblea Nacional como constituyente; y, las fuerzas de centro-derecha que habían dado aliento a la Dictadura se fueron apartando del régimen dictatorial, fomentándose una verdadera guerra política interna.
La Dictadura abordó un ambicioso plan de reactivación económica, manifiestamente intervencionista, que desembocó en la creación de organismos como el Consejo de Economía Nacional, el Comité Regulador de la Producción Industrial, el Instituto de Estructuración Minera, o monopolios como la CAMPSA. Aunque sectores como el de la telefonía se concedieron a empresas externas, como la International Telephone and Telegraph Co., que se hizo cargo de las telecomunicaciones a partir de agosto de 1924.
Pero, sin duda, el mayor esfuerzo lo realizó en infraestructuras. En el período dictatorial se construyeron: 500 km. de vía ancha y se adquirieron 400 nuevas locomotoras; 5.400 km. en carreteras (2.800 de primer orden); y, en el marco de las Confederaciones Hidrográficas, se incrementó notablemente la producción eléctrica y las zonas de regadío.
Y, en Política social, bajo los grandes principios del regeneracionismo y del corporativismo, la Dictadura intentó apartar a las organizaciones obreras de la estrategia de la lucha de clases, fomentando la solución de los problemas laborales mediante el diálogo. La UGT (y el PSOE), los sindicatos católicos y las patronales, aceptaron la oferta. El anarcosindicalismo se opuso radicalmente. Fruto de estos planes fue la creación en junio de 1924 del Consejo de Trabajo, en el que formaron parte vocales socialistas como Largo Caballero y Lucio Martínez, Y, sobre todo, la Organización Corporativa del Trabajo (OCT), con la misión de mediar ya rbitrar en los conflictos laborales y elaborar la legislación social. La Dictadura estableció en España la subvención a las familias numerosas, el retiro obrero; reguló el descanso nocturno de la mujer trabajadora, el trabajo a domicilio y el descanso dominical. Y, en general, puede afirmarse que mejoró la situación del proletariado y de las clases sociales obreras, como jamás antes se había hecho en España.
Impulsó, asimismo, la política de Instrucción Pública, si bien restringió la libertad de cátedra, lo que supuso el enfrentamiento de las universidades y, además, apoyó excesivamente a la enseñanza privada en relación con el que recibió la pública.
Pero, fue cuando la vocación de continuidad en el poder del Dictador se fue haciendo más notoria, cuando comenzó a surgir una oposición visible mediante los republicanos. La creación de la Alianza Republicana o de la Agrupación al Servicio de la República, que eran plataformas de convergencia de partidos políticos y personalidades independientes de tendencia republicana, fueron hitos en el proceso de desarrollo y difusión del republicanismo en España, sobre todo a partir de 1928 y que culminó con la creación, por los antiguos defensores de la monarquía, la Derecha Liberal Republicana. La Universidad, que claramente fue opositora al régimen (con cierta tibieza al principio, pero con rigidez sistemática, sobre todo, a partir del destierro de Unamuno a principios de 1924), culminó su enfrentamiento con la publicación del Decreto-Ley de 19 de mayo de 1928, de Reforma Universitaria, produciéndose graves enfrentamientos entre universitarios y la fuerza pública en marzo de 1929, cerrándose centros y promoviéndose una hostilidad directa contra el Dictador que, caído éste, se prolongó hacia la Monarquía hasta su abolición en abril de 1931.
Los nacionalismos también se opusieron a la Dictadura casi desde el principio, pese a que los catalanistas la impulsaron. Éstos quedaron desengañados rápidamente con las primeras medidas adoptadas por el general (que ya aludimos en el apartado anterior); y, el ejército, que en un primer momento se alineó en pleno en apoyo de Primo de Rivera, olvidando circunstancialmente sus rencillas internas entre africanistas y peninsulares, comenzó a dividirse de nuevo, y a oponerse, sobre todo con la pretensión de reforma del sistema de ascensos del Dictador. Aunque antes, las diferencias con generales de más antigüedad dieron lugar a la Sanjuanada: un pronunciamiento previsto para el día 24 de junio de 1926 y que fue abortado por la Dictadura, promovida por el coronel Segundo García y con el que colaboraron políticos como Melquíades Álvarez o Romanones, y, sobre todo, el general López Ochoa (que tanto había apoyado a Primo de Rivera para su golpe). De unos modos u otros, las tensiones estaban a flor de piel y en enero de 1929, se sublevó la guarnición de Ciudad Real, aunque fracasó. Primo de Rivera contestó disolviendo –por segunda vez- el Arma de Artillería, generalizando el descontento. Fruto del mismo, generales, jefes y oficiales como López de Ochoa, Cabanellas, Riquelme, Núñez de Prado, etc., se pasaron al campo del republicanismo.
VI. Los Directorios militar y civil. Delenda est Monarchia (y IV).
El año de 1929 padeció una crisis económica sin precedentes. Los días 24, 28 y 29 de octubre de 1929 (los conocidos como jueves, lunes y martes “negros”) la Bolsa de Nueva York se derrumbó en la cotización de sus valores. La Gran depresión afectó a todas las naciones industrializadas y, por supuesto, a España.
Sin embargo, la pérdida definitiva del prestigio de la dictadura de Primo de Rivera no es consecuencia de esa crisis, aunque contribuyera. El apoyo que con gran intensidad en 1923 otorgó a Primo de Rivera la sociedad española, para que intentara resolver los gravísimos problemas a que se enfrentaba España, una vez resueltos con mayor o menor acierto, no sólo no lo mantuvo para auspiciar o permitir la perpetuación del sistema corporativista que el dictador quiso implantar como diseño de futuro, sino que lo rechazó de plano.
El proyecto de Constitución que elaboró la Asamblea Nacional y que fue presentado en el verano de 1929, fue rechazado tanto por la clase política, como por las asociaciones y corporaciones culturales y profesionales, las organizaciones burguesas y las sindicalistas. Universidades, academias, colegios profesionales, sindicatos, etc., negaron cualquier tipo de colaboración. La Iglesia había retirado su apoyo algún tiempo atrás al considerar su política social demasiada cercana al socialismo y el Ejército, cuyo apoyo a la Dictadura en 1923 era incuestionable y casi unánime, conspiraba más o menos veladamente. El mismo Rey, fue marcando distancias respecto a Primo de Rivera, conocedor del próximo fin de la Dictadura.
A finales de 1929, buscando una salida digna, trató de afianzar en la política española al partido que había creado: la Unión Patriótica. Pero la ausencia en la formación política de un ideario fundamentado y capaz de calar en el electorado, impedía tal empresa. Propuso al Rey que en un plazo de tres meses nombrase a un Gobierno de transición, mas Alfonso XIII, que no había superado la pérdida en febrero de ese año de su madre y consejera la Reina María Cristina y que se sentía abandonado por la mayoría de sus fieles, no adoptó postura alguna que la ya indicada de alejarse lo máximo posible del dictador.
Y es que el desprestigio de la Dictadura afectaba de lleno al Rey y, con él, a la Monarquía como forma de Estado. Monárquicos como Niceto Alcalá Zamora, Miguel Maura, José Sánchez Guerra, Ángel Osorio y Gallardo, etc., comenzaron a orientar a la opinión pública contra el Rey, por haberse identificado con la Dictadura y, en consecuencia, haber violado la vigente Constitución. Esa violación por parte del Jefe del Estado de la legalidad constitucional vigente por parte del Jefe del Estado y la falta de apoyos políticos, dio inicio a la fase final de la Monarquía.
El 30 de enero de 1930, Alfonso XIII, con el objetivo primordial de salvar la situación desmontando la estructura montada por Primo de Rivera, encargó al General Dámaso Berenguer la formación de gobierno. Éste disolvió a la Asamblea Nacional, instauró nuevos ayuntamientos y diputaciones, reintegró en sus cátedras a los profesores que habían sido separados por la Dictadura. Concedió una amplia amnistía para los represaliados por motivos políticos. Mas, hecho esto, la falta de partidos políticos que sustentaran a la figura del Rey para que aceptaran el regreso a la situación anterior a 1923, pues Primo de Rivera destruyó tanto a los partidos dinásticos de la restauración -al desmoronar en gran medida el caciquismo que le servía de base- como a los reformistas, uno y otro en gran parte absorbidos por la Unión Patriótica. Mes y medio después, el 16 de marzo de 1930, el general Miguel Primo de Rivera fallecía en París (a donde se retiró) por causa de la diabetes que padecía, inmerso en una grave depresión ocasionada por la decepción que le supuso su final político.
Los republicanos fueron ganando adictos y se convirtieron en una sólida alternativa al régimen monárquico que atisbaban, acertadamente, que a la caída del dictador seguiría la de la Monarquía. Así se funda en 1930 Derecha Republicana promovida, entre otros, por Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura. Esa vis atractiva hacia el republicanismo tuvo su cúspide en el conocido como Pacto de San Sebastián, suscrito en la capital guipuzcoana el 17 de agosto de 1930, por los representantes de la citada Derecha Republicana y de Alianza Republicana, Organización Republicana Gallega Autónoma, Partido Radical-Socialista, Acció Catalana, Acció Republicana de Catalunya, Está Catalá; los socialistas Indalecio Prieto y Fernando de los Ríos a título particular e intelectuales como Sánchez Román y Ortega y Gasset. Posteriormente se adhirieron tanto el PSOE como la UGT. Se formó así un movimiento republicano y, consecuentemente, antimonárquico, que dio lugar a la formación de un Comité Revolucionario compuesto por Alcalá Zamora, Miguel Maura, Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos, Manuel Azaña, Marcelino Domingo y Álvaro de Albornoz, que, a partir de octubre, se llamó Gobierno provisional de la República. La CNT se alineaba en un anarquismo pro republicano.
Se promovió, con verdadero convencimiento de su necesidad e idoneidad un verdadero movimiento de acoso y derribo a la Monarquía. Abundaron las críticas más radicalizadas (incluso antes de la abolición de la censura el 17 de septiembre) en periódicos de tanto prestigio como El Liberal, El Sol, La Libertad, La Voz y El Heraldo de Madrid; y, por supuesto en los de izquierda radical como El Socialista, Solidaridad Obrera y Mundo Obrero, hasta culminar en el artículo de Ortega y Gasset publicado en El Sol el 15 de noviembre de 1930 El error Berenguer (conocido y perpetuado por la frase que lo apostillaba: Delenda est Monarchia). La defensa monárquica que mantenían el ABC y El Debate en Madrid y La Vanguardia en Barcelona, no eran suficientes para contrarrestarlas.
Se multiplicaron las huelgas con graves repercusiones en Barcelona, Sagunto, Sevilla y Valencia, que además, tenían una base más que justificada en la crisis económica. La llegada de Unamuno a la Universidad de Madrid en mayo de 1930 supuso una chispa prendedora de la mecha del movimiento estudiantil que fue extendiéndose increscendo de universidad en universidad hasta que en febrero de 1931, el Gobierno decidió cerrar todas las universidades de España. Discursos como el del ex Primer ministro monárquico Sánchez Guerra en el Teatro de la Zarzuela culpando al Rey como principal responsable de la Dictadura, o como el de Osorio y Gallardo exigiendo la abdicación de Alfonso XIII, alcanzaron una repercusión social altísima. Y, de forma unánime, desde los constitucionalistas a los republicanos más radicales se exigía la inmediata convocatoria de elecciones generales.
El general Berenguer (durante la llamada “dictablanda”) fue trasluchando en el temporal revolucionario en que se veía inmerso, tratando de ganar tiempo. Pero parte del Ejército también empezaba a manifestarse como republicano. Es necesario resaltar que, aunque la amnistía aprobada alcanzó a muchos militares y restableció el Arma de Artillería reintegrando a muchos de sus mandos, generales de la importancia de Cabanellas, Queipo de Llano, López Ochoa, Riquelme y La Cerda, permanecieron separados. Aprovechando, además, esa realidad, el Gobierno provisional de la República, planificó el golpe militar como instrumento coadyuvante y definitivo para decapitar a la Monarquía española. Se trataba de conseguir el levantamiento de la plaza de Madrid, mediante la sublevación de la Base de Cuatro Vientos y los acuartelamientos de Campamento, en consonancia con otras plazas y regimientos militares de diversos puntos de España. Pero el golpe se fue retrasando lo que dio lugar a infiltraciones, hasta el punto de que Mola, en ese momento Director General de Seguridad, tuvo pleno conocimiento del mismo.
Entre los comprometidos estaban los capitanes Fermín Galán (laureado con la de San Fernando a título individual)y Ángel García Hernández, del Regimiento de Infantería Galicia número 19; Salvador Sediles y Miguel Gallo, pertenecientes al Batallón de Montaña La Palma número 8 y el capitán de Artillería Luis Salinas, en situación de “disponible forzoso”. Todos ellos de la guarnición de Jaca (Huesca), a los que se sumarían otros oficiales y civiles.
Fermín Galán recibió una carta del general Mola, fechada en Madrid el 27 de noviembre de 1230, donde le dice:
Mi distinguido capitán y amigo:
Sin otros títulos para dirigirme a usted que el de compañero y el de la amistad que me ofreció en agradecimiento por mi intervención en el violento incidente de Cudia Mahafora, le escribo. Sabe el Gobierno y sé yo sus actividades revolucionarias y sus propósitos de sublevarse con tropas de esa guarnición: el asunto es grave y puede acarrearle daños irreparables. El actual Gobierno no ha asaltado el poder, y a ninguno de sus miembros puede echársele en cara haber tomado parte en movimientos de rebelión: tienen, pues, las manos libres para dejar que se aplique el Código de Justicia Militar infexiblemente, sin remordimiento de haber sido ellos tratados con menor rigor. Eso, por un lado; por otro, recuerde que nosotros no nos debemos ni a una ni a otra forma de gobierno, sino a la Patria, y que los hombres y armas que la Nación nos ha confiado no debemos emplearlos más que en su defensa. Le ruego medite sobre lo que le digo, y, al resolver, no se deje guiar por un apasionamiento pasajero, sino por lo que le dicte su conciencia. Si hace algún viaje a Madrid, le agradecería tuviera la bondad de verme. No es el precio a la defensa que de usted hice ante el general Serrano, ni menos una orden; es simplemente el deseo de su buen amigo que le aprecia de veras y le abraza.
Descubierto en sus intenciones, el Capitán Galán trata de acelerar el pronunciamiento. Sin embargo, el Comité Revolucionario o Gobierno Provisional de la República, dilata en el tiempo el señalamiento de la fecha del golpe militar. Ello deteriora las relaciones entre el oficial y el Comité; y, fruto de su carácter impaciente y de la seguridad de que las nieves propias del invierno le van a impedir maniobrar, el 12 de diciembre subleva a la Guarnición. El Comité Revolucionario trata de disuadirlo, pero ante su tozudez, envía a Jaca a una comisión encabezada por Casares Quiroga que, llegada de madrugada (a “hora intempestiva” afirmaron), se va a descansar y no se entrevista con Fermín Galán. Al alba éste ordena la toma la ciudad, proclama la República e inicia la marcha sobre Huesca.
En dos columnas (una por ferrocarril, mandada por García Hernández y otra por carretera, mandada por Galán), los sublevados tratan de llegar Huesca. Sin embargo la improvisación y precipitación con el que se ha preparado el golpe supone un necesario fracaso. El capitán Fermín galán tarda nueve horas en requisar los vehículos y poder poner en movimiento a su columna. Mejor fortuna inicial tiene el capitán Sediles con el traslado ferroviario de su columna, pero, advertido el Gobierno del pronunciamiento (al parecer por una funcionaria de telégrafos, pues no inutilizaron plenamente el servicio los sublevados), pudo cortar el paso al convoy por ferrocarril y las mismas incidencias y averías del que se trasladaba por tierra se convirtieron en su propio sabotaje.
Con este panorama, el Capitán General de Zaragoza, Fernández Heredia, tuvo tiempo más que suficiente para preparar la reacción. Bajo la coordinación del general Dolla, ordenó salir a dos columnas (una de Huesca y otra de Zaragoza) para interceptar a las revolucionarias que, al atardecer del día 12 se unifican cerca de Cillas, a 3 km. de Huesca. Entre tanto, la columna que manda Galán llega sobre las 23 horas a la localidad de Ayerbe, a unos 30 km. de Huesca, donde –previa proclamación de la República- puede avituallarse frugalmente. La Columna de Sediles, interceptada la vía de ferrocarril a la altura de Riglos (a 45 Km. de Huesca), ha de desplazarse a pie hasta Ayerbe, en cuyo avance se enfrenta a una columna menor de la Guardia Civil cerca de Anzánigo, al mando del general Lasheras, quien cae herido y fallece dos días después. Reunificadas las columnas sublevadas se ven en graves dificultades para avanzar por carretera dada la falta y precariedad de los vehículos de que disponían. Cuando se acercan a Cillas, se encuentran con las columnas gubernamentales que les aguardan, causando éstas numerosas bajas en las republicanas, ante lo que Galán ordena el alto el fuego a sus tropas, que huyen en desbandada bajo el fuego artillero y de fusilería gubernamental. Fermín Galán, desconcertado, junto a García Hernández, se entrega ante el Alcalde de Biscarrués (a 2 km. de distancia) a quien pide que llame a la Guardia Civil. En un Consejo de Guerra sumarísimo celebrado al día siguiente y presidido por el general Lezcano, y que duró 40 minutos, el Capitán Fermín Galán asumió toda la responsabilidad de la sublevación. No obstante ello, también fue condenado a muerte el capitán García Hernández. Ambos oficiales, a las catorce horas del día 14 de diciembre (y pese a ser domingo, pues la tradición militar impedía ejecutar las condenas de muerte en domingo), fueron fusilados en el polvorín de Fornillos. Galán dio a su pelotón de fusilamiento la orden de ¡fuego!, al grito de ¡Viva la República! Desde ese mismo momento de su muerte fueron considerados como mártires de la causa republicana.
Aún el general Queipo de Llano y los comandantes Hidalgo de Cisneros y Ramón Franco, se hicieron pacíficamente con el control del aeródromo de Cuatro Vientos el 15 de diciembre y proclamaron por radio el advenimiento de la II República. Pero su atrevimiento no tuvo el respaldo esperado en Campamento, ni se produjo el supuesto bombardeo del Palacio Real, ni las huelgas civiles que se habían previsto que arroparan el pronunciamiento se llevaron a cabo, de modo que las fuerzas del general Orgaz sofocaron fácilmente la intentona.
Y, eso sí, todos aquellos miembros del Comité Revolucionario (que asumió la responsabilidad del pronunciamiento militar) que se habían autodesignado rango de ministro provisional de la república, fueron detenidos y recluidos en la Cárcel Modelo de Madrid.
A partir de este momento la situación se deterioró precipitadamente, escapando la situación de las manos del Gobierno del general Berenguer. Éste anunció la convocatoria de elecciones a Cortes, pero la reacción fue generalizada en su contra. Hasta Don Álvaro de Figueroa, Conde de Romanones y Don Manuel García Prieto, Marqués de Alhucemas, advirtieron que aceptaban la convocatoria a Cortes, para, una vez constituidas, pedir la convocatoria de otras nuevas con carácter de Constituyentes.
Incapaz, desmoralizado, acosado y enfermo (el rey se trasladó al domicilio del Primero Ministro, para celebrar la Audiencia), Dámaso Berenguer renunció a la Presidencia del Consejo de Ministros el 14 de febrero de 1931, sustituyéndole (el 18 de febrero y después de rehusar tanto Sánchez Guerra como Melquíades Álvarez) el almirante Juan Bautista Aznar Cabañas, del que se dijo que “venía geográficamente de Cartagena y políticamente de la Luna”, por su inexperiencia en tareas de gobierno. Aceptaron entrar en el gabinete el propio Conde de Romanones (valedor de Aznar), Juan de la Cierva, e incluso tenía como ministro del Ejército al general Dámaso Berenguer; así como, entre otros, el Marqués de Hoyos, el I Duque de Maura (Gabriel Maura, hijo de Antonio Maura), el almirante José-Rivera Álvarez-Camero, los empresarios Ventosa y Gascón y Marín; y, Gabino Bugallal Araujo. El general Mola se mantuvo en la Dirección General de Seguridad. Fue la última huída hacia delante de Alfonso XIII.
El gobierno Aznar acordó inmediatamente la censura de prensa y en los primeros consejos estableció como calendario electoral la convocatoria de elecciones municipales para el domingo 12 de abril. Las provinciales para el 3 de mayo. Al Congreso de los Diputados el 7 de junio; y, al Senado, el 14 de junio. Para garantizar la limpieza de las mismas se restablecerían los derechos constitucionales a partir del 21 de marzo.
Aprovechando los huecos políticos existentes en el mapa de los partidos, nació el Centro Constitucional de Cambó-Maura para defender el ya extinto régimen dinástico; un embrión del fascismo español en lo que luego serían las Juntas de Ofensivas Nacional Sindicalistas de Ramiro Ledesma Ramos; y, Esquerra Republicana de Catalunya a cuyo frente estaban el antiguo Teniente Coronel del Ejército Francesc Macià y el abogado de la CNT Lluis Companys.
Y, en ese agónico final del Régimen, el 13 de marzo, con una inoportunidad digna de la mayor ineficacia de la visión política del Gobierno y de los responsables de la jurisdicción militar, se anunció el Consejo de Guerra contra 77 implicados en los sucesos del pronunciamiento del 12 de diciembre en Jaca y hechos relacionados. El clamor pidiendo amnistía fue casi unánime de todos los sectores sociales. Volvieron las manifestaciones y, de nuevo, graves incidentes en la Universidad de Madrid, que fue cerrada el día 25 de marzo, tras una verdadera batalla campal. Presidió el Tribunal el general de división Don Agustín Gómez Morato y eran vocales los generales de brigada Don Francisco Franco Bahamonde, don José Castro y Vázquez, don Arturo Lizcano Piedrahita y don Emilio Luna Barba. Actuó como Vocal ponente el Auditor de Brigada José Casado García. El capitán Sediles fue condenando a muerte, si bien fue indultado.
Resuelto ese tema con cierta satisfacción para la opinión pública, el Consejo Supremo de Guerra y Marina se enfrentó al enjuiciamiento de Niceto Alcalá Zamora, Miguel Maura, Fernando de los Ríos, Santiago Casares Quiroga, Álvaro de Albornoz y Francisco Largo Caballero quien, por su condición de Consejero de Estado, debía ser juzgado por tal Consejo Supremo y atrajo a los demás procesados a la jurisdicción de tan alto órgano de la Justicia militar. Presidía el Consejo un militar pro republicano: el general Ricardo Burguete. Pero lo que desataca es la personalidad de las eminentes juristas que se encargaron de la defensa de los encausados: Ángel Osorio y Gallardo (Decano del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid) patrocinó la defensa conjunta de Alcalá Zamora y de Maura; Luis Jiménez de Asúa, la de Casares Quiroga; Francisco Bergamín, la de Fernando de los Ríos; Don Francisco Sánchez Romero a Largo Caballero; y, Victoria Kent a Álvaro de Albornoz. La vista se convirtió en un verdadero alegato contra el régimen monárquico. El abogado Osorio afirma en su informe: “para condenar a mis compañeros y clientes del delito de rebelión, hay que reputar legítimo el poder que en España existe desde el 13 de septiembre de 1923”. Finalmente y tras verdaderas luchas internas en el Consejo de Ministros en el que el Conde de Romanones llegó a defender vehementemente y con puñetazos en la mesa la exigencia de que ningún enjuiciado fuese condenado a prisión; y pese a las graves condenas solicitadas por el fiscal (quince años para Alcalá Zamora y ocho para los demás), fueron condenados a seis meses y un día de prisión como autores de un delito de excitación a la rebelión militar, con la concurrencia de atenuantes. A todos se les concedió inmediatamente los beneficios de la libertad condicional (regulada, precisamente, por una Real Orden de la Dictadura de 1929) en la tarde del 24 de marzo. A todas luces era un triunfo del Gobierno Provisional de la República, sobre todo si tenemos en cuenta que, en la intentona por Sánchez Guerra de formación del Gobierno sucesor al de Berenguer, trató de nombrar ministros de entre los encarcelados en la Modelo de Madrid, por estar sujetos a este procedimiento.
Ambos juicios fueron verdaderas cajas de resonancia a favor de la República y su mejor propaganda. Por ello, las elecciones municipales del 12 de abril, ante tal el estado de las cosas, eran más un plebiscito sobre la cuestión del Régimen, que unas simples elecciones administrativas y como tal operaron. Y, ante el resultado producido en las grandes ciudades en las que obtuvieron la victoria los partidos republicanos, Alfonso XIII hubo de exhiliarse de España. El 14 de abril fue proclamada la II República española.
BIBLIBIOGRAFÍA CONSULTADA
- Apuntes sobre dos revoluciones andaluzas. Rafael Pérez del Álamo. Editorial Aljibe. Granada 1982.
- Breve historia constitucional de España. Pedro Farias. Doncel, Madrid, 1975.
- Histora de España. Tomo VI (Edad Contemporánea). Obra enciclopédica bajo la coordinación general de José Mª. Prats Estevill, con el equipo, para este período, de los profesores Antonio Fernández García, Emilio de Diego García y Estíbaliz Ruiz de Azúa y Martínez. Océano-Instituto Gallach.
- El cantón murciano. Antonio Pérez Crespo. Real Academia de Alfonso X el Sabio, imprenta de Sucesores de Nogués, Murcia, 1990. EDICIÓN DIGITAL
- El sitio de Baler. Saturnino Martín Cerezo. Ministerio de Defensa. 5ª Edición. Madrid, 2000.
- Episodios Históricos de España. Ricardo de la Cierva. ARC Editores, Madrid 1997.
- Manual de Historia del Derecho español. Tomos I y II. Alfonso García Gallo. Artes Gráficas y Ediciones, S.A. Consultada la 5ª edición, Madrid, 1973. |
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